-Estas flores sólo crecen aquí- dijo Cyrene mientras observaba una flor blanca, muy grande y bonita.
-Son preciosas- Abel hizo ademán de arrancar una, pero Cyrene lo detuvo.
-Las flores no se deberían arrancar si no fuera para algo importante.
-Era para tí.
-¿Para qué quiero una flor en mi cuarto, habiendo en el bosque montones?
Se hizo de noche. Y Abel debía ir ya a casa. No quería preocupar a sus padres.
-Volaré contigo.
-¿Me puedes seguir el ritmo?- dijo sarcástico.
-Lo hago desde el primer día. Ponte el casco.
Abel se montó en la moto y apretó el acelerador hasta el fondo. Para incitarla.
Redujo la velocidad y arrancó. Empezaron a correr, como si fuera una carrera. Abel no soportaba que Cyrene siguiera su ritmo como si se tratase de un juego. Aceleró más. Pero ella aún volaba más rápido. Y él apretó más todavía.
Cyrene se asustó. Pudo presentir un coche, que sobrepasaba los límites de velocidad en el doble de lo permitido. Se acercaba a ellos y pensó en Abel.
Le gritó que parase, pero el viento a aquella velocidad se llevaba las palabras. ''Para'' pensó. Pero Abel no le hacía caso.
''¡Para Abel, por favor!''
Abel escuchó la voz de Cyrene en su cabeza y frenó en seco. Se pegó al arcén empujado por Cyrene, y entonces el coche pasó a su lado.
-¿Cómo has hecho eso Cyrene?
-¿El qué?
-Te he escuchado en mi cabeza. Ha sido increíble.
-¿Có...cómo?
-Sí. Ha sido como si yo hubiera pensado eso, ¡pero lo has hecho tú!
-No puede ser...-dijo Cyrene asustada.
-¿Qué ocurre?
-¿No entiendes que no puedo leer la mente, ni entrar en la cabeza de los humanos?
-¿Cómo?
-Me voy. Adiós.
-¡Cyrene!- gritó Abel.
Pero sólo vió como se alejaba volando, como siempre.
Cyrene voló durante varias horas, hasta que, derrotada, volvió a casa. Se encerró en su cuarto y se sentó en la cama. Se acurrucó, y sus alas se volvieron grises, se bajaron y se escondieron. Estaba llorando. Aileen se presentó en la habitación. Era raro porque siempre que ella necesitaba hablar con alguien, lo hacía a través del pensamiento.
-¿Qué has pensado hacer?
-No lo sé- dijo entre sollozos Cyrene.
-Yo creo que es hora ya de que se lo cuentes. Él debe decidir qué hacer, cómo hacerlo y cuándo.
-¿Y si sale mal?
-Pues si sale mal tendremos que aceptarlo. Después de todo, tiene derecho a ser lo que él quiera.
Miró una última vez a Cyrene y salió de la habitación.
Cyrene señaló el cepillo del pelo y dejó caer la mano sobre la cama. El cepillo levitó hasta la cama y comenzó a peinarla.
Abel esa noche no durmió en su habitación. Fue directo a la cabaña y tocó la misma melodía durante horas. Al final se durmió sobre el piano, apoyando la cabeza sobre la madera que cubría las teclas.
Por la mañana cuando se despertó, Abel encontró una flor encima del piano. Era como las que había intentado arrancar. No estaba ahí la noche anterior.
Entonces recordó las palabras de Cyrene: ''Las flores no se deberían arrancar si no fuera para algo importante''
Abel lo interpretó como una señal, o al menos quiso que fuera así.
Salió con la misma ropa del día anterior, arrugada por la mala postura, y se montó en moto. Por el camino tuvo que repostar para echar gasolina a la moto, y cada vez estaba más impaciente, y más nervioso. Se dirigía hacia el bosque, hacia aquel sitio. Hacia donde estaban todas aquellas flores.
Llegó abatido y cadi jadeando, pero se le quitó todo cuando la vio sentada entre aquellas flores. Confundida porque ella también vestía de blanco. El sol quedaba detrás de ella, de tal forma que aquello era algo que completamente merecía la pena recordar.
Él no sabía que sí, que lo recordaría, pero que no sería por aquella estampa.
26/5/11
17/5/11
++++
Quizá fue eso. Quizá fue que no lo supe apreciar. Quizá fue que me cegué. Quizá fue que te pensé de otra manera. Quizá fue que actuaste muy bien. Quizá fue que no me di cuenta de qué era aquello hasta que ya no estabas.
Cuando te fuiste me dí de frente conta una pared con miles de papelitos pegados. Y en cada uno ponía tu nombre y un recuerdo a tu lado. Y, aunque me sé esa pared de memoria, con menos papelitos, pero exactamente igual de dura y de dolorosa; me dolió igual. Me hizo una herida, en el mismo sitio donde aún cicatrizaba la anterior. Exactamente igual, en el mismo sitio, pero esta vez, más grande. Más abierta, más profunda y de la que no para de brotar sangre.
Aunque me haya chocado cuatro veces con esa maldita pared, no sé aún como amortiguar la caída, no sé cómo hacerme el mínimo daño posible. Y lo peor es que tampoco sé como levantarme.
Cuando te fuiste me dí de frente conta una pared con miles de papelitos pegados. Y en cada uno ponía tu nombre y un recuerdo a tu lado. Y, aunque me sé esa pared de memoria, con menos papelitos, pero exactamente igual de dura y de dolorosa; me dolió igual. Me hizo una herida, en el mismo sitio donde aún cicatrizaba la anterior. Exactamente igual, en el mismo sitio, pero esta vez, más grande. Más abierta, más profunda y de la que no para de brotar sangre.
Aunque me haya chocado cuatro veces con esa maldita pared, no sé aún como amortiguar la caída, no sé cómo hacerme el mínimo daño posible. Y lo peor es que tampoco sé como levantarme.
los Puentes de Madison
"Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mi... De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas... Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti... Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos... Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya".
15/5/11
5/5/11
4·
Admes se giró bruscamente, parecía mentira que pudiera mover su gran cuerpo a aquella velocidad. Era grande y fuerte, pero se desplazaba como un... ángel. Cyrene rió irónicamente, Admes era un ángel, ¿qué podía esperar?.
Se dirigía hacie ella furioso, volcado en ira, sus alas estaban en posición de salto y no eran trasparentes y luminosas como de costumbre, estaban oscuras y opacas. Él debió observar como Cyrene miraba a sus alas preocupadas y, acto reflejo, las hizo desaparecer.
-¿Estás completamente loca?
-¿Qué estás...- respondió Cyrene un poco asustada.
-¡Enamorada! ¡Qué tontería!
-¿A qué te refieres?- su voz sonó alterada, como intentando incubrir algo.
-¡Estás enamorada de Abel!- la ninfa agachó la cabeza -¡Estás enamorada de un demonio!, ¡¿No te das cuenta Cyrene?!
-No puede...
-¿Te has parado a pensar que pueden reclamarlo perfectamente?- dijo alzando un poco menos la voz.
No, no se había parado a pensarlo, ni se le había pasado por la mente aquella idea tan horrible. Ahora sabía la razón por la que Abel la atraía de aquella manera, tenía sangre de los Necrom.
Los Necrom eran un grupo reducido de demonios, se dedicaban a matar a los ángeles y ninfas, ese era su instinto, aunque fueran criados como humanos y hubiera Necrom que fueran ''buenas personas''. La gran mayoría de ellos habían sido abandonados con familias humanas desde la última guerra. Unos cien años atrás, un grave conflicto entre todos los Afilis y gran parte de los Necrom, hizo que muchos de los medio Necrom y medio humanos fueran abandonados en familias humanas, ajenas a ellos, por sus padres. Ésto les causaba muchos problemas para identificar a los Necrom, pues la única manera de conocerlos era a través de la atracción que ejercían sobre ellos. No les podían leer las mentes, al igual que a los humanos y, la misma naturaleza, les había cambiado el olor que desprendían y ahora era muy parecido al de los humanos, tanto que no se diferenciaban apenas.
Admes sujetó a Cyrene por el brazo, y la arrastró hasta un rincón.
Allí, le colocó la palma de la mano en la frente y le mostró imágenes. Imágenes de la última guerra, donde ella pudo ver a algunos Necrom abandonando a bebés, con una marca en forma de asterisco en el omoplato. Una manera un tanto cutre de marcarlos para saber que eran 'suyos'. Vió como algunos Necrom mataban a hermanos de Cyrene, cómo les arrancaban las alas. Cómo los desprendían de sus polvos. Y ella era incapaz de imaginar a Abel haciendo aquello. No podía hacerlo...
De nuevo, en su cabeza sonó la voz de Aileen.
''Cyrene, Abel no es solo medio demonio... También es medio ángel... Te encargué este caso a tí, porque tú eres una de las pocas que puede solventarlo. Esta vez tu misión es impedir que llegue a formar parte de los Necrom. Ocúltale qué es, pero sólo hasta que el mismo se interese por saber''
Aileen le mostró imágenes de Abel. De sus padres y de por qué sucedió aquello.
''Martha era la madre de Abel, era demonio, pero también había sido abandonada por sus padres con humanos y por eso no se sentía malvada. Norum era el padre de Abel, y era ángel. En una de las batallas, Martha resultó herida en un costado y quedó tumbada en el suelo. Norum la encontró y sintió lástima, porque pudo ver que ella misma había intentado borrar el asteristo a base de arañazos. La cogió entre sus brazos y se la llevó a kilómetros de allí, volando. Se enamoraron y pronto Martha se quedó embarazada de Norum. Por consecuencia el bebé sería ángel y demonio. Cuando nació, se estaba librando otra batalla y Norum dejó a su hijo en las puertas de una casa, donde lo acojieron. A los 'nuevos padres' les dejaron una nota en la que ponía que cuando el niño necesitara irse, que lo dejaran. Que era diferente. Cyrene, Abel tiene exactamente las mismas posibilidades de convertirse en demonio que de transformarse en ángel. Eso depende de él... y de tí.''
En ese mismo momento, en casa de Abel estaba todo muy confuso. Sus padres acababan de llegar con unos papeles y habían sentado a Abel en la mesa.
-¿Qué pasa mamá?- preguntó Abel extrañado.
-Abel, hay una cosa que aún no sabes cariño...
En ese momento y sin saber por qué la imagen de Cyrene pasó por la mente de Abel.
-¿Qué pasa?-Abel te estás haciendo mayor, y querrás saber cosas sobre tí, sobre de dónde vienes.
-¿Qué me estáis intentando decir?- dijo Abel apartanto la silla de la mesa.
Se hizo un silencio de unos diez minutos, que rompió su padre.
-Abel, no somos tus padres biológicos.
Abel abrió los ojos, pero sin saber por qué no se sorprendió. Nunca vió ninguna foto de su madre embarazada, nunca vió la pinza del cordón umbilical que suelen guardar todos...
-¿Entonces?
-Tu madre y yo nunca pudimos tener hijos. Y un día sonó el timbre de la puerta, abrimos, y estabas allí. En el suelo, envuelto en seda con una nota. Como en las películas Abel. No dudamos en acogerte y en cuidarte como si fueras nuestro hijo.
-¿Y mis padres?
-No conocemos a tus padres... biológicos- carraspeó.
-Está bien... Voy a dar un paseo en moto.
-Claro cariño- le dijo su madre.
Se montó en la moto y se fue, al bosque. Al punto exacto donde estuvo con Cyrene la última vez. Llegó y se sentó en una piedra. No mucho tiempo después, sin verla, volvió a notar su presencia.
-Hace días que no nos vemos.
-Corrijo. Hace días que tú no me ves a mí. Yo estoy contigo siempre. Todos los días, cuando termino de desayunar vengo contigo. Cuando termino de comer vengo contigo, y cuando termino de cenar vengo otro ratito más contigo.
-¿Coméis?
-Necesitamos vitaminas, y fósforo, y calcio igual que vosotros. Casi todos nosotros tuvimos vida humana, como la tuya.
-¿Y tú?
-¿Yo? Claro, hasta los diez años. Que me apartaron de mi familia.
Se hizo el silencio.
-Y bueno, ¿me dejas verte?
Bajó volando de una copa de un árbol, había estado ahí todo el rato, pero Abel no la vió.
-Hoy te pasa algo Abel...
-Sí...
-Si quieres cuéntamelo.
-Se supone que vienes a ayudarme, ¿no?. ¿Estoy obligado?
-No lo estás.
-Lo ibas a saber, leyéndome la mente o alguna de las tuyas.
El hada rió. Su risa inundó el alma de Abel y lo hizo sonreír.
-No le podemos leer el alma a los humanos, Abel.
-Te lo iba a contar de todos modos...
Pasaron allí toda la tarde, y la hora de almorzar, hablando de Abel, de sus inquietudes... Y de lo que le habían dicho sus padres.
La tripas de Abel sonaron de hambre.
-Perdón.
-No pasa nada. Yo también tengo hambre. Voy a por algo.
-¡No! Da igual, comeré después.
-Cronometra. Un minuto. Voy a mi casa y vengo en un minuto.
-¿Dónde vives?
-¡YA!
Cyrene se fue volando. Abel comenzó a contar por cinco, porque se quedó embobado. Cuando contaba cincuenta y ocho, escuchó una campana ligera y, un segundo más tarde, Cyrene estaba allí, con algunas frutas y bollos.
-Coge lo que quieras- le invitó.
-¿Y dónde vives?
Cyrene se hizo la sorda y le respondió con otra pregunta. Quería saber cuanto tiempo tenía.
-¿Y no quieres saber nada sobre tus padres? Biológicos, digo.
-De momento no quiero saber nada. ¿Por qué?
-No, por nada- ella hundió su mirada en la cesta de comida.
-Si te pido ayuda para saber algo, ¿me ayudarás?
-A mí si me obligan a contarte lo que quieras.
Sonrieron.
-Oye, ¿y dónde vives?
-¿Quieres una manzana?
Se dirigía hacie ella furioso, volcado en ira, sus alas estaban en posición de salto y no eran trasparentes y luminosas como de costumbre, estaban oscuras y opacas. Él debió observar como Cyrene miraba a sus alas preocupadas y, acto reflejo, las hizo desaparecer.
-¿Estás completamente loca?
-¿Qué estás...- respondió Cyrene un poco asustada.
-¡Enamorada! ¡Qué tontería!
-¿A qué te refieres?- su voz sonó alterada, como intentando incubrir algo.
-¡Estás enamorada de Abel!- la ninfa agachó la cabeza -¡Estás enamorada de un demonio!, ¡¿No te das cuenta Cyrene?!
-No puede...
-¿Te has parado a pensar que pueden reclamarlo perfectamente?- dijo alzando un poco menos la voz.
No, no se había parado a pensarlo, ni se le había pasado por la mente aquella idea tan horrible. Ahora sabía la razón por la que Abel la atraía de aquella manera, tenía sangre de los Necrom.
Los Necrom eran un grupo reducido de demonios, se dedicaban a matar a los ángeles y ninfas, ese era su instinto, aunque fueran criados como humanos y hubiera Necrom que fueran ''buenas personas''. La gran mayoría de ellos habían sido abandonados con familias humanas desde la última guerra. Unos cien años atrás, un grave conflicto entre todos los Afilis y gran parte de los Necrom, hizo que muchos de los medio Necrom y medio humanos fueran abandonados en familias humanas, ajenas a ellos, por sus padres. Ésto les causaba muchos problemas para identificar a los Necrom, pues la única manera de conocerlos era a través de la atracción que ejercían sobre ellos. No les podían leer las mentes, al igual que a los humanos y, la misma naturaleza, les había cambiado el olor que desprendían y ahora era muy parecido al de los humanos, tanto que no se diferenciaban apenas.
Admes sujetó a Cyrene por el brazo, y la arrastró hasta un rincón.
Allí, le colocó la palma de la mano en la frente y le mostró imágenes. Imágenes de la última guerra, donde ella pudo ver a algunos Necrom abandonando a bebés, con una marca en forma de asterisco en el omoplato. Una manera un tanto cutre de marcarlos para saber que eran 'suyos'. Vió como algunos Necrom mataban a hermanos de Cyrene, cómo les arrancaban las alas. Cómo los desprendían de sus polvos. Y ella era incapaz de imaginar a Abel haciendo aquello. No podía hacerlo...
De nuevo, en su cabeza sonó la voz de Aileen.
''Cyrene, Abel no es solo medio demonio... También es medio ángel... Te encargué este caso a tí, porque tú eres una de las pocas que puede solventarlo. Esta vez tu misión es impedir que llegue a formar parte de los Necrom. Ocúltale qué es, pero sólo hasta que el mismo se interese por saber''
Aileen le mostró imágenes de Abel. De sus padres y de por qué sucedió aquello.
''Martha era la madre de Abel, era demonio, pero también había sido abandonada por sus padres con humanos y por eso no se sentía malvada. Norum era el padre de Abel, y era ángel. En una de las batallas, Martha resultó herida en un costado y quedó tumbada en el suelo. Norum la encontró y sintió lástima, porque pudo ver que ella misma había intentado borrar el asteristo a base de arañazos. La cogió entre sus brazos y se la llevó a kilómetros de allí, volando. Se enamoraron y pronto Martha se quedó embarazada de Norum. Por consecuencia el bebé sería ángel y demonio. Cuando nació, se estaba librando otra batalla y Norum dejó a su hijo en las puertas de una casa, donde lo acojieron. A los 'nuevos padres' les dejaron una nota en la que ponía que cuando el niño necesitara irse, que lo dejaran. Que era diferente. Cyrene, Abel tiene exactamente las mismas posibilidades de convertirse en demonio que de transformarse en ángel. Eso depende de él... y de tí.''
En ese mismo momento, en casa de Abel estaba todo muy confuso. Sus padres acababan de llegar con unos papeles y habían sentado a Abel en la mesa.
-¿Qué pasa mamá?- preguntó Abel extrañado.
-Abel, hay una cosa que aún no sabes cariño...
En ese momento y sin saber por qué la imagen de Cyrene pasó por la mente de Abel.
-¿Qué pasa?-Abel te estás haciendo mayor, y querrás saber cosas sobre tí, sobre de dónde vienes.
-¿Qué me estáis intentando decir?- dijo Abel apartanto la silla de la mesa.
Se hizo un silencio de unos diez minutos, que rompió su padre.
-Abel, no somos tus padres biológicos.
Abel abrió los ojos, pero sin saber por qué no se sorprendió. Nunca vió ninguna foto de su madre embarazada, nunca vió la pinza del cordón umbilical que suelen guardar todos...
-¿Entonces?
-Tu madre y yo nunca pudimos tener hijos. Y un día sonó el timbre de la puerta, abrimos, y estabas allí. En el suelo, envuelto en seda con una nota. Como en las películas Abel. No dudamos en acogerte y en cuidarte como si fueras nuestro hijo.
-¿Y mis padres?
-No conocemos a tus padres... biológicos- carraspeó.
-Está bien... Voy a dar un paseo en moto.
-Claro cariño- le dijo su madre.
Se montó en la moto y se fue, al bosque. Al punto exacto donde estuvo con Cyrene la última vez. Llegó y se sentó en una piedra. No mucho tiempo después, sin verla, volvió a notar su presencia.
-Hace días que no nos vemos.
-Corrijo. Hace días que tú no me ves a mí. Yo estoy contigo siempre. Todos los días, cuando termino de desayunar vengo contigo. Cuando termino de comer vengo contigo, y cuando termino de cenar vengo otro ratito más contigo.
-¿Coméis?
-Necesitamos vitaminas, y fósforo, y calcio igual que vosotros. Casi todos nosotros tuvimos vida humana, como la tuya.
-¿Y tú?
-¿Yo? Claro, hasta los diez años. Que me apartaron de mi familia.
Se hizo el silencio.
-Y bueno, ¿me dejas verte?
Bajó volando de una copa de un árbol, había estado ahí todo el rato, pero Abel no la vió.
-Hoy te pasa algo Abel...
-Sí...
-Si quieres cuéntamelo.
-Se supone que vienes a ayudarme, ¿no?. ¿Estoy obligado?
-No lo estás.
-Lo ibas a saber, leyéndome la mente o alguna de las tuyas.
El hada rió. Su risa inundó el alma de Abel y lo hizo sonreír.
-No le podemos leer el alma a los humanos, Abel.
-Te lo iba a contar de todos modos...
Pasaron allí toda la tarde, y la hora de almorzar, hablando de Abel, de sus inquietudes... Y de lo que le habían dicho sus padres.
La tripas de Abel sonaron de hambre.
-Perdón.
-No pasa nada. Yo también tengo hambre. Voy a por algo.
-¡No! Da igual, comeré después.
-Cronometra. Un minuto. Voy a mi casa y vengo en un minuto.
-¿Dónde vives?
-¡YA!
Cyrene se fue volando. Abel comenzó a contar por cinco, porque se quedó embobado. Cuando contaba cincuenta y ocho, escuchó una campana ligera y, un segundo más tarde, Cyrene estaba allí, con algunas frutas y bollos.
-Coge lo que quieras- le invitó.
-¿Y dónde vives?
Cyrene se hizo la sorda y le respondió con otra pregunta. Quería saber cuanto tiempo tenía.
-¿Y no quieres saber nada sobre tus padres? Biológicos, digo.
-De momento no quiero saber nada. ¿Por qué?
-No, por nada- ella hundió su mirada en la cesta de comida.
-Si te pido ayuda para saber algo, ¿me ayudarás?
-A mí si me obligan a contarte lo que quieras.
Sonrieron.
-Oye, ¿y dónde vives?
-¿Quieres una manzana?
4/5/11
3·
-Así que un hada. Puedes volar, hacer magia y cosas de esas, ¿no?- preguntó Abel y Cyrene rió.
-Jajaja, sí, cosas de esas- ella le dedicó una bonita sonrisa.
-Dios mío... Eres...- dijo Abel embobado.
-Soy..
-Eres hermosa- dijo Abel volviendo a la realidad.
Cyrene se sonrojó.
-¿Crees que podría existir algo entre un humano y un hada?- preguntó esta.
-¿Algo como qué?
-Algo más allá de la amistad, algo bonito- Abel rió sonrojado.
-¿Por qué no?- acercó su cara a la de Cyrene, ella respiraba costosamente y la sujetó de las manos.
Ella se congeló, no reaccionaba, no se lo podía creer. Se soltó de Abel y se alejó unos pasos hacia atrás, seguía perpleja, alucinada.
-Me tengo que ir- dijo casi tartamudeando.
-¿Por qué?- preguntó, aunque Cyrene hubiera salido de escena hacia unos segundos.
Se levantó, estaba cansado de aquello.
-¡Joder!- gritó propinándole una patada a una piedra y mandándola unos diez metros hacia delante.
Miró el reloj, las cuatro y media, el tiempo había volado... Volado, como Cyrene. Volvió a casa y se encerró en su cuarto, encendió el aparato de música y conectó todos los altavoces que tenía en su cuarto, unos seis. Puso el volumen tan alto, que las paredes retumaban y todos, absolutamente todos los muebles de la habitación vibraban, como mínimo. Lo último que quería hacer ahora era pensar, arrimó la cama a la pared, empezó a cambiar los muebles de sitio, la cama en la esquina al lado de la cama, el baúl a los pies de la cama, el escritorio con el ordenador al lado de otro enchufe junto a la ventana, incluso movió el armario. Después saco toda la ropa y empezó a ordenarla, cosa que nunca hacía, tiró montones de ropa que nunca usaba, se quedó con unas cuantas camisetas y cuatro pantalones, y lo volvió a guardar todo. Cuando se dio cuenta, había ordenado la habitación de tal manera, que había un gran hueco vacío en el que se puso a bailar, cuando se cansó empezó a saltar, y cuando no pudo más decidió parar. Miró el reloj, las seis y media.
-Mierda- dijo en voz alta.
Se metió en la ducha, estuvo bajo los chorros de agua que salían de la alcachofa una media hora. Salió y se amarró una toalla a la cintura. Se sacudió el pelo con las dos manos y volvió a su cuarto. Cambió el CD de música por uno más tranquilo y relajado, encendió el ordenador y conectó el msn. Mucha gente conectada, pero nadie le hablaba, como siempre. Simplemente le querían para tener un contacto más. Apagó el msn y se tumbó en un puf que tenía allí. Cogió el cuaderno y un boli y empezó a escribir.
...
Pasaron algunas semanas. Abel seguía sin tener noticias de Cyrene y cada vez tenía menos esperanzas de volver a verla. Decidió salir de su casa a dar un paseo, cogió las llaves de la moto y salió. Hacía unos cuantos de días que no la usaba, metió la llave, arrancó, le dió un empujón con el pie al patacabra, se puso el casco, hizo gruñir al motor y salió a la carretera. Cuando llevaba casi un kilómetro recorrido, empezó a sentir mucha calor. Abrió el cristal del casco que protege los ojos y disminuyó la velocidad. Sentía como la brisa entraba por los huecos que sobraban en el casco y le revolvían el pelo. Bajó un poco más la velocidad, se desabrochó la chaqueta de cuero y se quitó el casco. Ahora sí, ahora sentía como el aire lo rozaba, escuchaba el sonido del viento al chocar con el. Aparcó la moto en el arcén, le puso el patacabra y bajó. Se introdujo en el bosque, y se sentó en una piedra. No escuchó ningún ruido, ningún cascabel tintineando, pero sabía que ella estaba allí.
-¡Qué de tiempo!- dijo Abel con ironía, estaba enfadado.
-...
-Seguimos igual- continuó.
-No, ya no. Has cambiado- susurró Cyrene.
-No sé qué quieres decir...
-Cuando lo descubras, lo vas a entender. Y entonces te darás cuenta de que no es igual, no igual que al principio. Ya no.
-¿Y qué he cambiado?
-Cuando me miras ya no se dibujan sonrisas en tus ojos.
-Pero te sonríen mis labios...- aventuró Abel.
-Pero ha dejado de sonreirme tu corazón.
Entonces Abel se dió cuenta de que ya se había ido, ya no estaba allí con él.
Cyrene volvió a la mansión, estaba triste, ya no destelleaba como antes.
''Ya puedes venir a hablar conmigo'' escuchó dentro de su cabeza la voz de Aileen.
A los cinco minutos, ya se había reunido con ella. Estaban en el despacho de Aileen, era espacioso, luminoso, pintado con colores claros, y sin muchos muebles, un escritorio, un sofá, un sillón y una chimenea. En las paredes había numerosos cuadros, pinturas de anteriores hadas madre.
-Siéntante cielo- le ordenó Aileen.
-Gracias- dijo Cyrene intentando dibujar una sonrisa.
-Sabes que no.
-¿Cómo?- preguntó Cyrene olvidando por un momento que ella podía leer las mentes.
-No puedo encargarte a otro humano, no en este caso cariño.
-Pero, por favor. No quiero incumplir las normas.
-Cyrene, eso no sería incumplir las normas. Incumplir las normas sería si, Abel, fuera un capricho para tí. Pero, ¿no es así verdad?
-Claro que no...- respondió a la vez que negaba con la cabeza.
-Además, Abel no es normal. Quiero decir, no es completamente humano, tienes que ayudarle.
Cyrene tenía la intención de seguir reprochándole, pero de nuevo la voz de Aileen en su cabeza la hizo callar.
''Puedes irte''
Pilló la indirecta y se fue de allí. Deambuló hasta la residencia de Admes, aún estaban reunidos. Esperó fuera de la habitación un rato, podía leerles la mente, pero esa no era su intención. Sólo pretendía no pensar en él. Cada vez que su mente lo recordaba, un pinchazo en su estómago la ponía muy mal, triste.
Mientras pensaba en todo Admes salió el primero de allí enfadado, estaba muy furioso. Abrió la puerta con fuerza y, sin ver a Cyrene, caminó violentamente hacia algo.
-¡Admes!- gritó Cyrene.
-Jajaja, sí, cosas de esas- ella le dedicó una bonita sonrisa.
-Dios mío... Eres...- dijo Abel embobado.
-Soy..
-Eres hermosa- dijo Abel volviendo a la realidad.
Cyrene se sonrojó.
-¿Crees que podría existir algo entre un humano y un hada?- preguntó esta.
-¿Algo como qué?
-Algo más allá de la amistad, algo bonito- Abel rió sonrojado.
-¿Por qué no?- acercó su cara a la de Cyrene, ella respiraba costosamente y la sujetó de las manos.
Ella se congeló, no reaccionaba, no se lo podía creer. Se soltó de Abel y se alejó unos pasos hacia atrás, seguía perpleja, alucinada.
-Me tengo que ir- dijo casi tartamudeando.
-¿Por qué?- preguntó, aunque Cyrene hubiera salido de escena hacia unos segundos.
Se levantó, estaba cansado de aquello.
-¡Joder!- gritó propinándole una patada a una piedra y mandándola unos diez metros hacia delante.
Miró el reloj, las cuatro y media, el tiempo había volado... Volado, como Cyrene. Volvió a casa y se encerró en su cuarto, encendió el aparato de música y conectó todos los altavoces que tenía en su cuarto, unos seis. Puso el volumen tan alto, que las paredes retumaban y todos, absolutamente todos los muebles de la habitación vibraban, como mínimo. Lo último que quería hacer ahora era pensar, arrimó la cama a la pared, empezó a cambiar los muebles de sitio, la cama en la esquina al lado de la cama, el baúl a los pies de la cama, el escritorio con el ordenador al lado de otro enchufe junto a la ventana, incluso movió el armario. Después saco toda la ropa y empezó a ordenarla, cosa que nunca hacía, tiró montones de ropa que nunca usaba, se quedó con unas cuantas camisetas y cuatro pantalones, y lo volvió a guardar todo. Cuando se dio cuenta, había ordenado la habitación de tal manera, que había un gran hueco vacío en el que se puso a bailar, cuando se cansó empezó a saltar, y cuando no pudo más decidió parar. Miró el reloj, las seis y media.
-Mierda- dijo en voz alta.
Se metió en la ducha, estuvo bajo los chorros de agua que salían de la alcachofa una media hora. Salió y se amarró una toalla a la cintura. Se sacudió el pelo con las dos manos y volvió a su cuarto. Cambió el CD de música por uno más tranquilo y relajado, encendió el ordenador y conectó el msn. Mucha gente conectada, pero nadie le hablaba, como siempre. Simplemente le querían para tener un contacto más. Apagó el msn y se tumbó en un puf que tenía allí. Cogió el cuaderno y un boli y empezó a escribir.
...
Pasaron algunas semanas. Abel seguía sin tener noticias de Cyrene y cada vez tenía menos esperanzas de volver a verla. Decidió salir de su casa a dar un paseo, cogió las llaves de la moto y salió. Hacía unos cuantos de días que no la usaba, metió la llave, arrancó, le dió un empujón con el pie al patacabra, se puso el casco, hizo gruñir al motor y salió a la carretera. Cuando llevaba casi un kilómetro recorrido, empezó a sentir mucha calor. Abrió el cristal del casco que protege los ojos y disminuyó la velocidad. Sentía como la brisa entraba por los huecos que sobraban en el casco y le revolvían el pelo. Bajó un poco más la velocidad, se desabrochó la chaqueta de cuero y se quitó el casco. Ahora sí, ahora sentía como el aire lo rozaba, escuchaba el sonido del viento al chocar con el. Aparcó la moto en el arcén, le puso el patacabra y bajó. Se introdujo en el bosque, y se sentó en una piedra. No escuchó ningún ruido, ningún cascabel tintineando, pero sabía que ella estaba allí.
-¡Qué de tiempo!- dijo Abel con ironía, estaba enfadado.
-...
-Seguimos igual- continuó.
-No, ya no. Has cambiado- susurró Cyrene.
-No sé qué quieres decir...
-Cuando lo descubras, lo vas a entender. Y entonces te darás cuenta de que no es igual, no igual que al principio. Ya no.
-¿Y qué he cambiado?
-Cuando me miras ya no se dibujan sonrisas en tus ojos.
-Pero te sonríen mis labios...- aventuró Abel.
-Pero ha dejado de sonreirme tu corazón.
Entonces Abel se dió cuenta de que ya se había ido, ya no estaba allí con él.
Cyrene volvió a la mansión, estaba triste, ya no destelleaba como antes.
''Ya puedes venir a hablar conmigo'' escuchó dentro de su cabeza la voz de Aileen.
A los cinco minutos, ya se había reunido con ella. Estaban en el despacho de Aileen, era espacioso, luminoso, pintado con colores claros, y sin muchos muebles, un escritorio, un sofá, un sillón y una chimenea. En las paredes había numerosos cuadros, pinturas de anteriores hadas madre.
-Siéntante cielo- le ordenó Aileen.
-Gracias- dijo Cyrene intentando dibujar una sonrisa.
-Sabes que no.
-¿Cómo?- preguntó Cyrene olvidando por un momento que ella podía leer las mentes.
-No puedo encargarte a otro humano, no en este caso cariño.
-Pero, por favor. No quiero incumplir las normas.
-Cyrene, eso no sería incumplir las normas. Incumplir las normas sería si, Abel, fuera un capricho para tí. Pero, ¿no es así verdad?
-Claro que no...- respondió a la vez que negaba con la cabeza.
-Además, Abel no es normal. Quiero decir, no es completamente humano, tienes que ayudarle.
Cyrene tenía la intención de seguir reprochándole, pero de nuevo la voz de Aileen en su cabeza la hizo callar.
''Puedes irte''
Pilló la indirecta y se fue de allí. Deambuló hasta la residencia de Admes, aún estaban reunidos. Esperó fuera de la habitación un rato, podía leerles la mente, pero esa no era su intención. Sólo pretendía no pensar en él. Cada vez que su mente lo recordaba, un pinchazo en su estómago la ponía muy mal, triste.
Mientras pensaba en todo Admes salió el primero de allí enfadado, estaba muy furioso. Abrió la puerta con fuerza y, sin ver a Cyrene, caminó violentamente hacia algo.
-¡Admes!- gritó Cyrene.
2/5/11
2·
Ninguno de los dos pegó ojo aquella noche, estaban demasiado nerviosos.
Se distraían con cualquier mínimo ruido que les alejara a uno del otro. Aún así pasaron toda la noche pensándose.
Cuando llegó una hora razonable para despertarse, Cyrene bajó al salón, la mesa ya estaba puesta y el desayuno también. Había bollos de chocolate, bollos de crema, bollos normales, galletas, dulces, tostadas, mermelada, mantequilla, leche caliente, leche fría, chocolate caliente, café. Un olor embriagador ocupaba cada centímetro del salón, un olor dulce que se podía degustar con sólo sacar la lengua.
Cyrene pasó la mano por la cabeza de sus compañeras que ya estaban sentadas en su sitio, como hacía siempre, hasta ocupar el suyo. Delicadamente levantó la silla y se sentó, la arrimó a la mesa y se echó sobre la espalda del asiento. No le apetecía comer
-Cyrene, ¿no desayunas nada
-No me apetece, gracias Alala- Alala frunció el ceño.
Dio un pequeño golpe al aire y un esponjoso bollo de crema se posó sobre el plato de Cyrene. Seguidamente una taza se elevó en el aire, y la tetera donde estaba la leche la llenó. Humeante, voló hacia el lado derecho del plato.
A Cyrene le esperaba una mañana muy larga.
La mañana para Abel tampoco fue fácil. Se despertó con un gran dolor de cabeza por la falta de sueño. Cuando se levantó de la cama se dirigió hacia su escritorio azul marino, y en un cuaderno que estaba abierto escribió en grande, ''Un sentimiento que solo sientes cuando estás con ella''.
Cerró bruscamente el cuaderno y se fue a la cocina. Cogió un bol de la estantería, fue a la nevera a coger la leche y leyó un posit amarillo que decía:
''Abel, no nos esperes despierto, no estaremos para cenar. A lo mejor dormimos en casa de Miren y Cristian. Mamá''.
Abrió la nevera y cogió la leche. La derramó en el bol y lo mezclo con cereales de chocolate, se lo comió rápido y se encerró en su habitación. Sentado en el mirador de la ventana, observava la calle y dibujaba algo que no sabía que era. Escuchó unas campanillas, esta vez decidió no echarle cuenta. Sonaron dos o tres veces más. Decidido, optó por esperar a ver que sucedía y darle por fin una respuesta al secreto que escondía desde hacía tanto tiempo. Dejó el cuaderno, aún sin saber lo que había dibujado, en el cojín del mirador. Se sentó en la cama y esperó riendo. Volvió a escuchar las campanillas y una risita.
-Venga, si quieres me tapo los ojos y no te miro- se tapó los ojos y los cerró.
Escuchó como las campanillas se acercaban a él, sentía una respiración en sus manos y las quitó de su cara. Se quedó maravillado de la increible belleza de aquel ser. Hermosa, era hermosa. Los reflejos de Cyrene eran bastante buenos y cuando pudo reaccionar se escondió detrás de la columna.
-¡No, no, no!- gritó ella mientras volaba hasta la ventana.
-¡Espera!- dijo Abel mientras la agarraba por el brazo.
Al tocarse, un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos. Por un instante, los ojos grises azulados de Abel y los verde esmeralda de Cyrene se quedaron mirandose fijamente.
-Esto no debería estar pasando...- murmuró la ninfa.
-Espera, por favor.
Cyrene le dedicó una última mirada a Abel, desplegó las alas y voló hacia el cielo.Abel se quedó un rato en la misma postura, intentando recordar el tibio olor de aquel hada, no quería olvidarlo.Aquello que sentían era mutuo pero, ¿podían sentir eso por alguien con el que solo habían compartido un par de palabras y unas cuantas de miradas? ¿Podía existir eso entre un hada y un humano? Abel se vistió lo más rápido que pudo, fue al bosque corriendo, al lugar exacto en que encontró a Cyrene el día anterior. Ella aguardaba silenciosa en un árbol, observando sus movimientos. Él la sentía, sentía que estaba allí pero no la veía.
-Por favor...- dijo Abel casi entre sollozos -Habla conmigo, necesito saber quién eres... Creo que, creo que te...
Un delicado y templado dedo en sus labios hizo que se callara, ella estaba delante de él. Cuando Cyrene se aseguró de que no abriría la boca se alejó un poco de él, a la velocidad del rayo. Se apoyó en un tronco y así, mirándose fijamente, como tontos, pasaron quince minutos.
-Dime quien eres- se atrevió a pronunciar Abel.
-Una idiota...
-¿Por qué?
-¿Qué por qué? ¿Estás loco? Se supone que debo llevarte por ''el buen camino'' sin que me descubras. Lo has hecho, y ahora encima...- suspiró.
-Ahora encima...
-Ahora encima tengo que explicarte qué soy- mintió sécamente Cyrene.
-Hombre... Me ayudarías- dijo sorprendido Abel.
-No me creerías.
-Después de lo que he visto, creería cualquier cosa que viniera de tí.
-¿Creerías que soy un hada?
-Lo creería- afirmó Abel.
Cyrene movió desesperadamente la cabeza, negando. Voló y se sentó en la rama de un árbol. Suspiró.
-Soy Cyrene. Un hada, como ya sabes- dijo alzando una ceja -Y tú eres... Bueno, tú eres Abel. Y yo debo llevarte por el buen camino, por decirlo así.
-¿Qué significa eso?
-No lo sé.
Se distraían con cualquier mínimo ruido que les alejara a uno del otro. Aún así pasaron toda la noche pensándose.
Cuando llegó una hora razonable para despertarse, Cyrene bajó al salón, la mesa ya estaba puesta y el desayuno también. Había bollos de chocolate, bollos de crema, bollos normales, galletas, dulces, tostadas, mermelada, mantequilla, leche caliente, leche fría, chocolate caliente, café. Un olor embriagador ocupaba cada centímetro del salón, un olor dulce que se podía degustar con sólo sacar la lengua.
Cyrene pasó la mano por la cabeza de sus compañeras que ya estaban sentadas en su sitio, como hacía siempre, hasta ocupar el suyo. Delicadamente levantó la silla y se sentó, la arrimó a la mesa y se echó sobre la espalda del asiento. No le apetecía comer
-Cyrene, ¿no desayunas nada
-No me apetece, gracias Alala- Alala frunció el ceño.
Dio un pequeño golpe al aire y un esponjoso bollo de crema se posó sobre el plato de Cyrene. Seguidamente una taza se elevó en el aire, y la tetera donde estaba la leche la llenó. Humeante, voló hacia el lado derecho del plato.
A Cyrene le esperaba una mañana muy larga.
La mañana para Abel tampoco fue fácil. Se despertó con un gran dolor de cabeza por la falta de sueño. Cuando se levantó de la cama se dirigió hacia su escritorio azul marino, y en un cuaderno que estaba abierto escribió en grande, ''Un sentimiento que solo sientes cuando estás con ella''.
Cerró bruscamente el cuaderno y se fue a la cocina. Cogió un bol de la estantería, fue a la nevera a coger la leche y leyó un posit amarillo que decía:
''Abel, no nos esperes despierto, no estaremos para cenar. A lo mejor dormimos en casa de Miren y Cristian. Mamá''.
Abrió la nevera y cogió la leche. La derramó en el bol y lo mezclo con cereales de chocolate, se lo comió rápido y se encerró en su habitación. Sentado en el mirador de la ventana, observava la calle y dibujaba algo que no sabía que era. Escuchó unas campanillas, esta vez decidió no echarle cuenta. Sonaron dos o tres veces más. Decidido, optó por esperar a ver que sucedía y darle por fin una respuesta al secreto que escondía desde hacía tanto tiempo. Dejó el cuaderno, aún sin saber lo que había dibujado, en el cojín del mirador. Se sentó en la cama y esperó riendo. Volvió a escuchar las campanillas y una risita.
-Venga, si quieres me tapo los ojos y no te miro- se tapó los ojos y los cerró.
Escuchó como las campanillas se acercaban a él, sentía una respiración en sus manos y las quitó de su cara. Se quedó maravillado de la increible belleza de aquel ser. Hermosa, era hermosa. Los reflejos de Cyrene eran bastante buenos y cuando pudo reaccionar se escondió detrás de la columna.
-¡No, no, no!- gritó ella mientras volaba hasta la ventana.
-¡Espera!- dijo Abel mientras la agarraba por el brazo.
Al tocarse, un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos. Por un instante, los ojos grises azulados de Abel y los verde esmeralda de Cyrene se quedaron mirandose fijamente.
-Esto no debería estar pasando...- murmuró la ninfa.
-Espera, por favor.
Cyrene le dedicó una última mirada a Abel, desplegó las alas y voló hacia el cielo.Abel se quedó un rato en la misma postura, intentando recordar el tibio olor de aquel hada, no quería olvidarlo.Aquello que sentían era mutuo pero, ¿podían sentir eso por alguien con el que solo habían compartido un par de palabras y unas cuantas de miradas? ¿Podía existir eso entre un hada y un humano? Abel se vistió lo más rápido que pudo, fue al bosque corriendo, al lugar exacto en que encontró a Cyrene el día anterior. Ella aguardaba silenciosa en un árbol, observando sus movimientos. Él la sentía, sentía que estaba allí pero no la veía.
-Por favor...- dijo Abel casi entre sollozos -Habla conmigo, necesito saber quién eres... Creo que, creo que te...
Un delicado y templado dedo en sus labios hizo que se callara, ella estaba delante de él. Cuando Cyrene se aseguró de que no abriría la boca se alejó un poco de él, a la velocidad del rayo. Se apoyó en un tronco y así, mirándose fijamente, como tontos, pasaron quince minutos.
-Dime quien eres- se atrevió a pronunciar Abel.
-Una idiota...
-¿Por qué?
-¿Qué por qué? ¿Estás loco? Se supone que debo llevarte por ''el buen camino'' sin que me descubras. Lo has hecho, y ahora encima...- suspiró.
-Ahora encima...
-Ahora encima tengo que explicarte qué soy- mintió sécamente Cyrene.
-Hombre... Me ayudarías- dijo sorprendido Abel.
-No me creerías.
-Después de lo que he visto, creería cualquier cosa que viniera de tí.
-¿Creerías que soy un hada?
-Lo creería- afirmó Abel.
Cyrene movió desesperadamente la cabeza, negando. Voló y se sentó en la rama de un árbol. Suspiró.
-Soy Cyrene. Un hada, como ya sabes- dijo alzando una ceja -Y tú eres... Bueno, tú eres Abel. Y yo debo llevarte por el buen camino, por decirlo así.
-¿Qué significa eso?
-No lo sé.
·1
Cyrene estaba sentada frente al tocador de madera blanca que estaba en su cuarto.
Abrió el cajón jalando de un tirador de marfil tallado formando rosas, blancas, su preferida. Sacó un cepillo del pelo de plata y se cepilló la larga melena rubia. Lo hace con mucho cuidado, sus movimientos son delicados como los de una hoja de papel al caer al suelo. Cuando terminó lo volvió a guardar en el cajón. Volvió a mirar su figura en el espejo y suspira. Propinaba un ligero golpe con el dedo en el aire y el rimel voló junto a ella, al igual que el colorete y el gloss. Ya estaba acostumbrada, de pequeña lo hacía sin pensar y siempre acababa dándose un buen susto.
''Ven ya'' escucha dentro de su cabeza.
No quiere ir, otro humano no. Su última experiencia no le fue muy bien, se aburría bastante con aquella chica que lo único que hacía era estar en el ordenador y escuchar música, para su gusto era un tanto engreída y orgullosa. Bajó ágilmente las escaleras de aquella mansión y se encontró con Aileen, la ninfa madre. Era la que se ocupaba de encargarle a cada ninfa o ''hadita'', como las llamaba ella, un humano, chico o chica. Cyrene no estaba allí sola, había más compañeras suyas que dormían en diferentes cuartos. Alala, era la más peleona de todas, pero era buena persona en el fondo; Althea, hermosa; Alysa, su compañera de habitación y su mejor amiga; Anastasia, muy inocente; y más compañeras. Aileen se situó en el centro del gran círculo que formaron las chicas, empezó a dar el típico discurso que da cada vez que les encomienda humanos.
Cyerene se fijó en el fondo de la gran estancia aquella, allí estaban todos los chicos. Eran como ellas, pero no exactamente igual, su misión no era llevar a la gente por el buen camino, era protegerlas, como si fueran unas especies de ángeles de la guarda. Saludó con discrección a Admes, era mayor que ella y por eso lo quería como a un hermano mayor. También saludó a Brontë, un chico muy guapo y que siempre estuvo detrás de Cyrene, aunque ella no lo quisiera. Había chicos nuevos, muchos nuevos. Pudo leer en sus mentes algunos nombres, Damen, Evan, Deo, Theron...
-Dadme vuestras manos haditas- ordenó Aileen.
Siempre hacían eso para que, mediante las manos, Aileen les diera la información necesaria sobre los humanos a los que protegerían. Llegó el turno de Cyrene, tendió la mano con delicadeza sobre las dos manos de Aileen. Instantaneamente, a su cabeza llegó la imagen de un chico rubio, sentado en su cama escuchando música. Este chico le dio la sensación de frialdad, tristeza, falta de cariño... Abrió los ojos y soltó las manos de Aileen.
-Cyrene, no va a ser un caso fácil, lo he visto. Es testarudo y poco persuasivo. Pero he pensado que la que mejor lo podría llevar eres tú. Se llama Abel, vive muy cerca de aquí, atravesando el bosque, en Rondiella, y tiene cierta cercanía a nosotros.
-Me lo he imaginado cuando he visto las imagenes- su voz era la más bonita de todas.
-Tu misión será hacerle descubrir otros horizontes, que tenga un objetivo en la vida. Pero que no descubra nada sobre nosotros, por lo menos hasta que yo te lo diga. ¿Está claro?- dijo mirando con cierto ''tilín'' a Cyrene.
-Clarísimo- respondió ruborizada y riendo.
Observó que los chicos aún no habían empezado a recibir a sus protegidos y voló al lado de Admes.
-¡Hola!- dijo dándole un beso en la mejilla -¿Nuevos?- dijo mirando a los que no conocía.
-Exacto- dijo devolviéndole el beso -Están recién salidos del horno- rió -Todos ellos vivían de forma humana hasta hace dos o tres meses. La verdad esque les ha costado habituarse, aunque haya alguno por allí que esté eufórico.
Cyrene intentó leerles las mentes.
-¿Theron?- le preguntó a Admes intentando responderse a sí misma. Admes negó.
-¿Evan?- volvió a negar. Esta vez se concentró un poquito más.
-Deo- y esta vez no preguntó, lo afirmó.
-Así es- dijo Admes riendo -Cambiando de tema Cyrene, Abel, ¿eh?
-Sí....- dijo suspirando Cyrene -creo que no me será fácil llevarlo por el buen camino.
Xeon, el padre de los ángeles de la guarda llegó. Inmediatamente Cyrene se fue del lado de Admes.
Volvió a su cuarto, cogió una bolsita en la que llevaba unos caramelos y se fue volando de allí. Subió tan alto como los pájaros, volaba a la par que ellos, cantándoles y jugando con ellos. Le habían dicho muchas veces que habría casos más fáciles y otros más difíciles, pero no imaginó nada como este. Un sonido la hipnotizó y lo hizo de tal manera que lo siguió hasta que encontró su origen en una casa. Cuando se dio cuenta había llegado a casa de Abel, se asomó a la ventana y no vio a nadie. Entró con delicadeza buscando cualquier cosa que le pudiera ayudar. Estuvo un rato tocando cada objeto de la habitación. Rendida, cayó en la cama y entonces tuvo una visión. Vio como Abel lloraba en la cama, como dibujaba, como escuchaba música. Se acordó entonces de aquella melodía que la atrajo y la volvió a escuchar. La llevó al jardín y observó que provenía de una cabaña vieja. Se asomó a una pequeña ventanita. Dentro de la casa todo estaba muy oscuro, la luz del día no entraba. Otro ligero golpecito en el aire y una nube se quitó del camino del sol y un rayo de luz entró por la ventana. Entonces pudo apreciar a Abel, era hermoso, parecía desdichado pero aún así era hermoso, tanto él como verlo tocar el piano. Aquella escena se le grabó en el corazón a Cyrene. Siempre sentía compasión por sus humanos, pero nunca tal como la que sentía ahora. Y esta venía acompañada de otro sentimiento, ¿ilusión? Estuvo contemplándolo un rato más, hasta que éste giró la cabeza, y la vió, pero ella fue rápida y corrió de allí...
~
Aquella cara que había visto a través de los cristales le sonaba muchísimo, era bella, muy bella y cuando dejó de verla, por un momento sintió añoranza, sintió que necesitaba ver aquella hermosura una vez más. La luz le molestaba, se frotó los ojos y paró de tocar. Se levantó furioso del sillín, jugó con su pelo alborotándolo y salió de aquel cuartillo. Fue a dar un paseo, con los cascos enchufados a los oídos. Pasó por al lado de alguno de sus compañeros de clase, no se llevaba bien con ellos y se rieron de él, sólo Marina lo saludó. Todo el mundo sabía que Marina estaba enamorada de ''el raro del instituto''. Abel también lo sabía, le dedicó una sonrisa y siguió andando para alante. Estuvo en el bosque, dando vueltas y más vueltas, sentándose y levantándose de viejos troncos de árbol corroídos por la humedad, el sol y el paso del tiempo. Se cansó de escuchar música y se sentó en un tronco de árbol que parecía perfectamente hecho para él. Reposó el torso sobre la parte del tronco que estaba más erguida, y los pies los puso sobre el tronco más bajo. Cerró los ojos y se puso a imaginar quién sería aquella figura que lo acechaba, se estaba quedando dormido cuando escuchó un tintineo. Miró hacia un lado y descubrió como una figura se escondía detrás de un árbol. Se quedó mirando hacia ese lado cuando escuchó el mismo tintineo detrás de él, giró bruscamente la cabeza en busca del origen de aquel sonido, estaba seguro de que era ella. Lo escuchaba por todos lados, entonces una imagen fugaz se acercó a él. Abel veía los movimientos de ella reflejados como en muchas fotografías. No entendía nada. Acabó huyendo de allí, olvidando los cascos y el mp4. Los echó de menos cuando llegó a su casa, pero no pensaba ir a aquel lugar en unos cuantos días. No tenía miedo de ella, al contrario, deseaba conocerla, pero a la vez, deseaba mantenerse al margen de todo aquello, le resultaba un tanto extraño. Campanitas, cosas inexplicables, una figura de una chica que sonríe al verle pero que huye... Era como.. Peterpan...
Cyrene volvió a su hogar, se encerró en su cuarto. Aquel chico la atraía de una manera especial, nada comparado a nadie, y esa distracción había estado a punto de costarle el cargo. Sentía como algo que nunca había experimentado afloraba dentro de ella. En algunos momentos deseaba poder leerle la mente a los humanos. Alguien golpeó la puerta.
-Adelante- alzó la voz -Althea, pasa. ¿Qué tal?
-Gracias cariño, sólo venía a preguntarte por tu primer día con Abel, ¿qué tal te ha ido?
-Buf, tía por poco no me dejo descubrir, hay algo que me atrae a él como si fuera un imán. Así...- dijo agarrándola de la camisa y apretandola contra ella mientras le hacía cosquillas, rieron.
-Jajaja, ¡Cyrene para! Qué mala eres, te lo digo en serio.
-Y yo también- respondió Cyrene desviando la mirada -No sé que me pasa.
-Pide un traspaso- inquirió Althea.
-¡NO!- se quejó Cyrene -no puedo. Sentía como si algo lo uniera a él e, indiscutiblemente, no lo podía romper.
Abrió el cajón jalando de un tirador de marfil tallado formando rosas, blancas, su preferida. Sacó un cepillo del pelo de plata y se cepilló la larga melena rubia. Lo hace con mucho cuidado, sus movimientos son delicados como los de una hoja de papel al caer al suelo. Cuando terminó lo volvió a guardar en el cajón. Volvió a mirar su figura en el espejo y suspira. Propinaba un ligero golpe con el dedo en el aire y el rimel voló junto a ella, al igual que el colorete y el gloss. Ya estaba acostumbrada, de pequeña lo hacía sin pensar y siempre acababa dándose un buen susto.
''Ven ya'' escucha dentro de su cabeza.
No quiere ir, otro humano no. Su última experiencia no le fue muy bien, se aburría bastante con aquella chica que lo único que hacía era estar en el ordenador y escuchar música, para su gusto era un tanto engreída y orgullosa. Bajó ágilmente las escaleras de aquella mansión y se encontró con Aileen, la ninfa madre. Era la que se ocupaba de encargarle a cada ninfa o ''hadita'', como las llamaba ella, un humano, chico o chica. Cyrene no estaba allí sola, había más compañeras suyas que dormían en diferentes cuartos. Alala, era la más peleona de todas, pero era buena persona en el fondo; Althea, hermosa; Alysa, su compañera de habitación y su mejor amiga; Anastasia, muy inocente; y más compañeras. Aileen se situó en el centro del gran círculo que formaron las chicas, empezó a dar el típico discurso que da cada vez que les encomienda humanos.
Cyerene se fijó en el fondo de la gran estancia aquella, allí estaban todos los chicos. Eran como ellas, pero no exactamente igual, su misión no era llevar a la gente por el buen camino, era protegerlas, como si fueran unas especies de ángeles de la guarda. Saludó con discrección a Admes, era mayor que ella y por eso lo quería como a un hermano mayor. También saludó a Brontë, un chico muy guapo y que siempre estuvo detrás de Cyrene, aunque ella no lo quisiera. Había chicos nuevos, muchos nuevos. Pudo leer en sus mentes algunos nombres, Damen, Evan, Deo, Theron...
-Dadme vuestras manos haditas- ordenó Aileen.
Siempre hacían eso para que, mediante las manos, Aileen les diera la información necesaria sobre los humanos a los que protegerían. Llegó el turno de Cyrene, tendió la mano con delicadeza sobre las dos manos de Aileen. Instantaneamente, a su cabeza llegó la imagen de un chico rubio, sentado en su cama escuchando música. Este chico le dio la sensación de frialdad, tristeza, falta de cariño... Abrió los ojos y soltó las manos de Aileen.
-Cyrene, no va a ser un caso fácil, lo he visto. Es testarudo y poco persuasivo. Pero he pensado que la que mejor lo podría llevar eres tú. Se llama Abel, vive muy cerca de aquí, atravesando el bosque, en Rondiella, y tiene cierta cercanía a nosotros.
-Me lo he imaginado cuando he visto las imagenes- su voz era la más bonita de todas.
-Tu misión será hacerle descubrir otros horizontes, que tenga un objetivo en la vida. Pero que no descubra nada sobre nosotros, por lo menos hasta que yo te lo diga. ¿Está claro?- dijo mirando con cierto ''tilín'' a Cyrene.
-Clarísimo- respondió ruborizada y riendo.
Observó que los chicos aún no habían empezado a recibir a sus protegidos y voló al lado de Admes.
-¡Hola!- dijo dándole un beso en la mejilla -¿Nuevos?- dijo mirando a los que no conocía.
-Exacto- dijo devolviéndole el beso -Están recién salidos del horno- rió -Todos ellos vivían de forma humana hasta hace dos o tres meses. La verdad esque les ha costado habituarse, aunque haya alguno por allí que esté eufórico.
Cyrene intentó leerles las mentes.
-¿Theron?- le preguntó a Admes intentando responderse a sí misma. Admes negó.
-¿Evan?- volvió a negar. Esta vez se concentró un poquito más.
-Deo- y esta vez no preguntó, lo afirmó.
-Así es- dijo Admes riendo -Cambiando de tema Cyrene, Abel, ¿eh?
-Sí....- dijo suspirando Cyrene -creo que no me será fácil llevarlo por el buen camino.
Xeon, el padre de los ángeles de la guarda llegó. Inmediatamente Cyrene se fue del lado de Admes.
Volvió a su cuarto, cogió una bolsita en la que llevaba unos caramelos y se fue volando de allí. Subió tan alto como los pájaros, volaba a la par que ellos, cantándoles y jugando con ellos. Le habían dicho muchas veces que habría casos más fáciles y otros más difíciles, pero no imaginó nada como este. Un sonido la hipnotizó y lo hizo de tal manera que lo siguió hasta que encontró su origen en una casa. Cuando se dio cuenta había llegado a casa de Abel, se asomó a la ventana y no vio a nadie. Entró con delicadeza buscando cualquier cosa que le pudiera ayudar. Estuvo un rato tocando cada objeto de la habitación. Rendida, cayó en la cama y entonces tuvo una visión. Vio como Abel lloraba en la cama, como dibujaba, como escuchaba música. Se acordó entonces de aquella melodía que la atrajo y la volvió a escuchar. La llevó al jardín y observó que provenía de una cabaña vieja. Se asomó a una pequeña ventanita. Dentro de la casa todo estaba muy oscuro, la luz del día no entraba. Otro ligero golpecito en el aire y una nube se quitó del camino del sol y un rayo de luz entró por la ventana. Entonces pudo apreciar a Abel, era hermoso, parecía desdichado pero aún así era hermoso, tanto él como verlo tocar el piano. Aquella escena se le grabó en el corazón a Cyrene. Siempre sentía compasión por sus humanos, pero nunca tal como la que sentía ahora. Y esta venía acompañada de otro sentimiento, ¿ilusión? Estuvo contemplándolo un rato más, hasta que éste giró la cabeza, y la vió, pero ella fue rápida y corrió de allí...
~
Aquella cara que había visto a través de los cristales le sonaba muchísimo, era bella, muy bella y cuando dejó de verla, por un momento sintió añoranza, sintió que necesitaba ver aquella hermosura una vez más. La luz le molestaba, se frotó los ojos y paró de tocar. Se levantó furioso del sillín, jugó con su pelo alborotándolo y salió de aquel cuartillo. Fue a dar un paseo, con los cascos enchufados a los oídos. Pasó por al lado de alguno de sus compañeros de clase, no se llevaba bien con ellos y se rieron de él, sólo Marina lo saludó. Todo el mundo sabía que Marina estaba enamorada de ''el raro del instituto''. Abel también lo sabía, le dedicó una sonrisa y siguió andando para alante. Estuvo en el bosque, dando vueltas y más vueltas, sentándose y levantándose de viejos troncos de árbol corroídos por la humedad, el sol y el paso del tiempo. Se cansó de escuchar música y se sentó en un tronco de árbol que parecía perfectamente hecho para él. Reposó el torso sobre la parte del tronco que estaba más erguida, y los pies los puso sobre el tronco más bajo. Cerró los ojos y se puso a imaginar quién sería aquella figura que lo acechaba, se estaba quedando dormido cuando escuchó un tintineo. Miró hacia un lado y descubrió como una figura se escondía detrás de un árbol. Se quedó mirando hacia ese lado cuando escuchó el mismo tintineo detrás de él, giró bruscamente la cabeza en busca del origen de aquel sonido, estaba seguro de que era ella. Lo escuchaba por todos lados, entonces una imagen fugaz se acercó a él. Abel veía los movimientos de ella reflejados como en muchas fotografías. No entendía nada. Acabó huyendo de allí, olvidando los cascos y el mp4. Los echó de menos cuando llegó a su casa, pero no pensaba ir a aquel lugar en unos cuantos días. No tenía miedo de ella, al contrario, deseaba conocerla, pero a la vez, deseaba mantenerse al margen de todo aquello, le resultaba un tanto extraño. Campanitas, cosas inexplicables, una figura de una chica que sonríe al verle pero que huye... Era como.. Peterpan...
Cyrene volvió a su hogar, se encerró en su cuarto. Aquel chico la atraía de una manera especial, nada comparado a nadie, y esa distracción había estado a punto de costarle el cargo. Sentía como algo que nunca había experimentado afloraba dentro de ella. En algunos momentos deseaba poder leerle la mente a los humanos. Alguien golpeó la puerta.
-Adelante- alzó la voz -Althea, pasa. ¿Qué tal?
-Gracias cariño, sólo venía a preguntarte por tu primer día con Abel, ¿qué tal te ha ido?
-Buf, tía por poco no me dejo descubrir, hay algo que me atrae a él como si fuera un imán. Así...- dijo agarrándola de la camisa y apretandola contra ella mientras le hacía cosquillas, rieron.
-Jajaja, ¡Cyrene para! Qué mala eres, te lo digo en serio.
-Y yo también- respondió Cyrene desviando la mirada -No sé que me pasa.
-Pide un traspaso- inquirió Althea.
-¡NO!- se quejó Cyrene -no puedo. Sentía como si algo lo uniera a él e, indiscutiblemente, no lo podía romper.
Mucha gente se aventuraría a decir que no existen personajes distintos a los que estamos acostumbrados a ver, que no existen seres mágicos... en definitiva, que la magia no existe. Pero, ¿y si fuéramos persona por persona contándoles esta historia? Probablemente seguirían sin querer creer en todo aquello que no tenga explicación. Eso mismo pensaba Abel, un chico despreocupado y frío, al que sólo le importaba sus amigos, su música y el piano que recibió de una herencia, hasta que un día descubrió que no solo existen esas cosas, sino que existe un mundo paralelo en el que el creía que vivía y que es mucho mejor, cargado de sentimientos, pasiones y nuevos descubrimientos. Encontrará también el amor, aquel del que había huído toda su vida, y lo encontrará en un ser que el creía sólo oiría hablar de el en relatos mitológicos, aunque lo tuviera más cerca de lo que creía. Un hada, una ninfa, Cyrene, será la que le ayudará a cruzar la línea entre lo que, como ella dice, tiene explicación y lo que no. Con ella vivirá emocionantes aventuras y experiencias que tienen lugar muy cerca de él. También se dará cuenta de que no está tan alejado de ese mundo de lo que él cree, tiene algo que ver en todo aquello.
Se acaba de despertar, está sudado y se siente cansado. Se seca el sudor con las manos y mira a la ventana. Ahí está, es la chica con la que lleva soñando tantos días y está mirándole, sonríe hasta que se da cuenta de que Abel también la mira y huye. Él se levanta de la cama de un salto y sale corriendo hacia la ventana, pero es tarde. Ella corre más rápido de lo que podría correr Abel con su moto a toda velocidad, ella corre más rápido que todo aquello que tenga la capacidad de correr. Decepcionado se dirige al armario y se pone lo primero que ve, una camisa negra y unos vaqueros hasta la rodilla. De un cajón saca un mp4 y unos cascos, los enchufa y se los coloca. Está muy nervioso, desea conocer a esa chica, o como el dice, a esa cosa que aparece en sus sueños. Llega al gran trastero que tienen en una casucha en el jardín, entra y se quita los cascos. Sacude un poco sobre el sillín del piano y despues sopla sobre él, se sienta y sopla también en las teclas de marfil. Reposa los dedos sobre ellas y siente como necesita tocar. Comienza a apretar las teclas, unas más y unas menos, creando una bonita melodía que aún no tiene partitura. Es extraño, piensa, desde pequeño siempre ha tocado ese piano sin necesidad de partitura, los movimientos que debe realizar siempre vienen solos a sus manos, a sus dedos. Aquella hermosa canción pronto inunda cada parte, cada esquina de aquella casa, él no lo sabe, pero fuera de aquella cabaña no hay ningún sonido, no atraviesa las paredes como suele ocurrir, hoy no.
Se acaba de despertar, está sudado y se siente cansado. Se seca el sudor con las manos y mira a la ventana. Ahí está, es la chica con la que lleva soñando tantos días y está mirándole, sonríe hasta que se da cuenta de que Abel también la mira y huye. Él se levanta de la cama de un salto y sale corriendo hacia la ventana, pero es tarde. Ella corre más rápido de lo que podría correr Abel con su moto a toda velocidad, ella corre más rápido que todo aquello que tenga la capacidad de correr. Decepcionado se dirige al armario y se pone lo primero que ve, una camisa negra y unos vaqueros hasta la rodilla. De un cajón saca un mp4 y unos cascos, los enchufa y se los coloca. Está muy nervioso, desea conocer a esa chica, o como el dice, a esa cosa que aparece en sus sueños. Llega al gran trastero que tienen en una casucha en el jardín, entra y se quita los cascos. Sacude un poco sobre el sillín del piano y despues sopla sobre él, se sienta y sopla también en las teclas de marfil. Reposa los dedos sobre ellas y siente como necesita tocar. Comienza a apretar las teclas, unas más y unas menos, creando una bonita melodía que aún no tiene partitura. Es extraño, piensa, desde pequeño siempre ha tocado ese piano sin necesidad de partitura, los movimientos que debe realizar siempre vienen solos a sus manos, a sus dedos. Aquella hermosa canción pronto inunda cada parte, cada esquina de aquella casa, él no lo sabe, pero fuera de aquella cabaña no hay ningún sonido, no atraviesa las paredes como suele ocurrir, hoy no.
1/5/11
-Tía, déjalo. Lo hecho, hecho está. Y más siendo tu decisión. Enserio, olvídalo.
+Escucha... Sé que he sido estúpida. Una gilipollas. Y quizás al principio tuviéramos nuestras diferencias. Pero las cosas cambian. Y han cambiado, mucho. Y me alegro. Y lo haría mil y una veces más. Pero ha pasado de ser el engreído ese a ser ése engreído. Ha pasado de nada a prácticamente todo. Ha pasado de ser otro más a ser el único. ¿No ves que lo quiero?
-¿Y entonces que haces aquí? Lucha por lo que quieres cielo. Por lo que quieres. Por ser feliz. Y si eres feliz a su lado, lucha por él.
Corrí como jamás en mi vida lo había hecho. Corrí con todas mis fuerzas. Dejándome las piernas y los pulmones. Lo más rápido que podía. Pero corrí.
Empezó a llover. Y la lluvia me dió más fuerzas. Y corrí aún más rápido. Y llegué.
Saqué el móvil, y le mandé un sms para que saliera a la ventana. La luz se encendió y se abrió, y se abrió y salió. Y allí estaba, yo bajo la lluvia y él en su ventana. Como siempre. Hermoso.
-¿Qué haces?
+Quiero pedirte perdón...
Empezó a reir. Sentí que mi corazón se partía en miles y miles de trocitos.
+Lo siento, de verdad. Te quiero. Te quiero y más de lo que jamás quise a nadie. Te quiero y tampoco nadie lo cambiará. Porque esque es eso simplemente, que te quiero. Te quiero, te quiero y te quiero.
-¿Y como sé que no me vas a volver a hacer lo mismo?
+Porque vengo corriendo desde mi casa, son las tres de la mañana y está callendo la de Dios. Pero estoy aquí. Y creo que te he dicho lo más bonito que te he dicho nunca. Y... porque te quiero.
+Escucha... Sé que he sido estúpida. Una gilipollas. Y quizás al principio tuviéramos nuestras diferencias. Pero las cosas cambian. Y han cambiado, mucho. Y me alegro. Y lo haría mil y una veces más. Pero ha pasado de ser el engreído ese a ser ése engreído. Ha pasado de nada a prácticamente todo. Ha pasado de ser otro más a ser el único. ¿No ves que lo quiero?
-¿Y entonces que haces aquí? Lucha por lo que quieres cielo. Por lo que quieres. Por ser feliz. Y si eres feliz a su lado, lucha por él.
Corrí como jamás en mi vida lo había hecho. Corrí con todas mis fuerzas. Dejándome las piernas y los pulmones. Lo más rápido que podía. Pero corrí.
Empezó a llover. Y la lluvia me dió más fuerzas. Y corrí aún más rápido. Y llegué.
Saqué el móvil, y le mandé un sms para que saliera a la ventana. La luz se encendió y se abrió, y se abrió y salió. Y allí estaba, yo bajo la lluvia y él en su ventana. Como siempre. Hermoso.
-¿Qué haces?
+Quiero pedirte perdón...
Empezó a reir. Sentí que mi corazón se partía en miles y miles de trocitos.
+Lo siento, de verdad. Te quiero. Te quiero y más de lo que jamás quise a nadie. Te quiero y tampoco nadie lo cambiará. Porque esque es eso simplemente, que te quiero. Te quiero, te quiero y te quiero.
-¿Y como sé que no me vas a volver a hacer lo mismo?
+Porque vengo corriendo desde mi casa, son las tres de la mañana y está callendo la de Dios. Pero estoy aquí. Y creo que te he dicho lo más bonito que te he dicho nunca. Y... porque te quiero.
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