-Estas flores sólo crecen aquí- dijo Cyrene mientras observaba una flor blanca, muy grande y bonita.
-Son preciosas- Abel hizo ademán de arrancar una, pero Cyrene lo detuvo.
-Las flores no se deberían arrancar si no fuera para algo importante.
-Era para tí.
-¿Para qué quiero una flor en mi cuarto, habiendo en el bosque montones?
Se hizo de noche. Y Abel debía ir ya a casa. No quería preocupar a sus padres.
-Volaré contigo.
-¿Me puedes seguir el ritmo?- dijo sarcástico.
-Lo hago desde el primer día. Ponte el casco.
Abel se montó en la moto y apretó el acelerador hasta el fondo. Para incitarla.
Redujo la velocidad y arrancó. Empezaron a correr, como si fuera una carrera. Abel no soportaba que Cyrene siguiera su ritmo como si se tratase de un juego. Aceleró más. Pero ella aún volaba más rápido. Y él apretó más todavía.
Cyrene se asustó. Pudo presentir un coche, que sobrepasaba los límites de velocidad en el doble de lo permitido. Se acercaba a ellos y pensó en Abel.
Le gritó que parase, pero el viento a aquella velocidad se llevaba las palabras. ''Para'' pensó. Pero Abel no le hacía caso.
''¡Para Abel, por favor!''
Abel escuchó la voz de Cyrene en su cabeza y frenó en seco. Se pegó al arcén empujado por Cyrene, y entonces el coche pasó a su lado.
-¿Cómo has hecho eso Cyrene?
-¿El qué?
-Te he escuchado en mi cabeza. Ha sido increíble.
-¿Có...cómo?
-Sí. Ha sido como si yo hubiera pensado eso, ¡pero lo has hecho tú!
-No puede ser...-dijo Cyrene asustada.
-¿Qué ocurre?
-¿No entiendes que no puedo leer la mente, ni entrar en la cabeza de los humanos?
-¿Cómo?
-Me voy. Adiós.
-¡Cyrene!- gritó Abel.
Pero sólo vió como se alejaba volando, como siempre.
Cyrene voló durante varias horas, hasta que, derrotada, volvió a casa. Se encerró en su cuarto y se sentó en la cama. Se acurrucó, y sus alas se volvieron grises, se bajaron y se escondieron. Estaba llorando. Aileen se presentó en la habitación. Era raro porque siempre que ella necesitaba hablar con alguien, lo hacía a través del pensamiento.
-¿Qué has pensado hacer?
-No lo sé- dijo entre sollozos Cyrene.
-Yo creo que es hora ya de que se lo cuentes. Él debe decidir qué hacer, cómo hacerlo y cuándo.
-¿Y si sale mal?
-Pues si sale mal tendremos que aceptarlo. Después de todo, tiene derecho a ser lo que él quiera.
Miró una última vez a Cyrene y salió de la habitación.
Cyrene señaló el cepillo del pelo y dejó caer la mano sobre la cama. El cepillo levitó hasta la cama y comenzó a peinarla.
Abel esa noche no durmió en su habitación. Fue directo a la cabaña y tocó la misma melodía durante horas. Al final se durmió sobre el piano, apoyando la cabeza sobre la madera que cubría las teclas.
Por la mañana cuando se despertó, Abel encontró una flor encima del piano. Era como las que había intentado arrancar. No estaba ahí la noche anterior.
Entonces recordó las palabras de Cyrene: ''Las flores no se deberían arrancar si no fuera para algo importante''
Abel lo interpretó como una señal, o al menos quiso que fuera así.
Salió con la misma ropa del día anterior, arrugada por la mala postura, y se montó en moto. Por el camino tuvo que repostar para echar gasolina a la moto, y cada vez estaba más impaciente, y más nervioso. Se dirigía hacia el bosque, hacia aquel sitio. Hacia donde estaban todas aquellas flores.
Llegó abatido y cadi jadeando, pero se le quitó todo cuando la vio sentada entre aquellas flores. Confundida porque ella también vestía de blanco. El sol quedaba detrás de ella, de tal forma que aquello era algo que completamente merecía la pena recordar.
Él no sabía que sí, que lo recordaría, pero que no sería por aquella estampa.

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