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5/5/11

Admes se giró bruscamente, parecía mentira que pudiera mover su gran cuerpo a aquella velocidad. Era grande y fuerte, pero se desplazaba como un... ángel. Cyrene rió irónicamente, Admes era un ángel, ¿qué podía esperar?.
Se dirigía hacie ella furioso, volcado en ira, sus alas estaban en posición de salto y no eran trasparentes y luminosas como de costumbre, estaban oscuras y opacas. Él debió observar como Cyrene miraba a sus alas preocupadas y, acto reflejo, las hizo desaparecer.

-¿Estás completamente loca?
-¿Qué estás...- respondió Cyrene un poco asustada.
-¡Enamorada! ¡Qué tontería!
-¿A qué te refieres?- su voz sonó alterada, como intentando incubrir algo.
-¡Estás enamorada de Abel!- la ninfa agachó la cabeza -¡Estás enamorada de un demonio!, ¡¿No te das cuenta Cyrene?!
-No puede...
-¿Te has parado a pensar que pueden reclamarlo perfectamente?- dijo alzando un poco menos la voz.

No, no se había parado a pensarlo, ni se le había pasado por la mente aquella idea tan horrible. Ahora sabía la razón por la que Abel la atraía de aquella manera, tenía sangre de los Necrom.

Los Necrom eran un grupo reducido de demonios, se dedicaban a matar a los ángeles y ninfas, ese era su instinto, aunque fueran criados como humanos y hubiera Necrom que fueran ''buenas personas''. La gran mayoría de ellos habían sido abandonados con familias humanas desde la última guerra. Unos cien años atrás, un grave conflicto entre todos los Afilis y gran parte de los Necrom, hizo que muchos de los medio Necrom y medio humanos fueran abandonados en familias humanas, ajenas a ellos, por sus padres. Ésto les causaba muchos problemas para identificar a los Necrom, pues la única manera de conocerlos era a través de la atracción que ejercían sobre ellos. No les podían leer las mentes, al igual que a los humanos y, la misma naturaleza, les había cambiado el olor que desprendían y ahora era muy parecido al de los humanos, tanto que no se diferenciaban apenas.
Admes sujetó a Cyrene por el brazo, y la arrastró hasta un rincón.
Allí, le colocó la palma de la mano en la frente y le mostró imágenes. Imágenes de la última guerra, donde ella pudo ver a algunos Necrom abandonando a bebés, con una marca en forma de asterisco en el omoplato. Una manera un tanto cutre de marcarlos para saber que eran 'suyos'. Vió como algunos Necrom mataban a hermanos de Cyrene, cómo les arrancaban las alas. Cómo los desprendían de sus polvos. Y ella era incapaz de imaginar a Abel haciendo aquello. No podía hacerlo...

De nuevo, en su cabeza sonó la voz de Aileen.
''Cyrene, Abel no es solo medio demonio... También es medio ángel... Te encargué este caso a tí, porque tú eres una de las pocas que puede solventarlo. Esta vez tu misión es impedir que llegue a formar parte de los Necrom. Ocúltale qué es, pero sólo hasta que el mismo se interese por saber''
Aileen le mostró imágenes de Abel. De sus padres y de por qué sucedió aquello.

''Martha era la madre de Abel, era demonio, pero también había sido abandonada por sus padres con humanos y por eso no se sentía malvada. Norum era el padre de Abel, y era ángel. En una de las batallas, Martha resultó herida en un costado y quedó tumbada en el suelo. Norum la encontró y sintió lástima, porque pudo ver que ella misma había intentado borrar el asteristo a base de arañazos. La cogió entre sus brazos y se la llevó a kilómetros de allí, volando. Se enamoraron y pronto Martha se quedó embarazada de Norum. Por consecuencia el bebé sería ángel y demonio. Cuando nació, se estaba librando otra batalla y Norum dejó a su hijo en las puertas de una casa, donde lo acojieron. A los 'nuevos padres' les dejaron una nota en la que ponía que cuando el niño necesitara irse, que lo dejaran. Que era diferente. Cyrene, Abel tiene exactamente las mismas posibilidades de convertirse en demonio que de transformarse en ángel. Eso depende de él... y de tí.''


En ese mismo momento, en casa de Abel estaba todo muy confuso. Sus padres acababan de llegar con unos papeles y habían sentado a Abel en la mesa.

-¿Qué pasa mamá?- preguntó Abel extrañado.
-Abel, hay una cosa que aún no sabes cariño...

En ese momento y sin saber por qué la imagen de Cyrene pasó por la mente de Abel.
-¿Qué pasa?-Abel te estás haciendo mayor, y querrás saber cosas sobre tí, sobre de dónde vienes.
-¿Qué me estáis intentando decir?- dijo Abel apartanto la silla de la mesa.

Se hizo un silencio de unos diez minutos, que rompió su padre.

-Abel, no somos tus padres biológicos.

Abel abrió los ojos, pero sin saber por qué no se sorprendió. Nunca vió ninguna foto de su madre embarazada, nunca vió la pinza del cordón umbilical que suelen guardar todos...

-¿Entonces?
-Tu madre y yo nunca pudimos tener hijos. Y un día sonó el timbre de la puerta, abrimos, y estabas allí. En el suelo, envuelto en seda con una nota. Como en las películas Abel. No dudamos en acogerte y en cuidarte como si fueras nuestro hijo.
-¿Y mis padres?
-No conocemos a tus padres... biológicos- carraspeó.
-Está bien... Voy a dar un paseo en moto.
-Claro cariño- le dijo su madre.

Se montó en la moto y se fue, al bosque. Al punto exacto donde estuvo con Cyrene la última vez. Llegó y se sentó en una piedra. No mucho tiempo después, sin verla, volvió a notar su presencia.

-Hace días que no nos vemos.
-Corrijo. Hace días que tú no me ves a mí. Yo estoy contigo siempre. Todos los días, cuando termino de desayunar vengo contigo. Cuando termino de comer vengo contigo, y cuando termino de cenar vengo otro ratito más contigo.
-¿Coméis?
-Necesitamos vitaminas, y fósforo, y calcio igual que vosotros. Casi todos nosotros tuvimos vida humana, como la tuya.
-¿Y tú?
-¿Yo? Claro, hasta los diez años. Que me apartaron de mi familia.

Se hizo el silencio.

-Y bueno, ¿me dejas verte?

Bajó volando de una copa de un árbol, había estado ahí todo el rato, pero Abel no la vió.

-Hoy te pasa algo Abel...
-Sí...
-Si quieres cuéntamelo.
-Se supone que vienes a ayudarme, ¿no?. ¿Estoy obligado?
-No lo estás.
-Lo ibas a saber, leyéndome la mente o alguna de las tuyas.

El hada rió. Su risa inundó el alma de Abel y lo hizo sonreír.

-No le podemos leer el alma a los humanos, Abel.
-Te lo iba a contar de todos modos...

Pasaron allí toda la tarde, y la hora de almorzar, hablando de Abel, de sus inquietudes... Y de lo que le habían dicho sus padres.
La tripas de Abel sonaron de hambre.

-Perdón.
-No pasa nada. Yo también tengo hambre. Voy a por algo.
-¡No! Da igual, comeré después.
-Cronometra. Un minuto. Voy a mi casa y vengo en un minuto.
-¿Dónde vives?
-¡YA!

Cyrene se fue volando. Abel comenzó a contar por cinco, porque se quedó embobado. Cuando contaba cincuenta y ocho, escuchó una campana ligera y, un segundo más tarde, Cyrene estaba allí, con algunas frutas y bollos.

-Coge lo que quieras- le invitó.
-¿Y dónde vives?

Cyrene se hizo la sorda y le respondió con otra pregunta. Quería saber cuanto tiempo tenía.

-¿Y no quieres saber nada sobre tus padres? Biológicos, digo.
-De momento no quiero saber nada. ¿Por qué?
-No, por nada- ella hundió su mirada en la cesta de comida.
-Si te pido ayuda para saber algo, ¿me ayudarás?
-A mí si me obligan a contarte lo que quieras.

Sonrieron.

-Oye, ¿y dónde vives?
-¿Quieres una manzana?

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