-Así que un hada. Puedes volar, hacer magia y cosas de esas, ¿no?- preguntó Abel y Cyrene rió.
-Jajaja, sí, cosas de esas- ella le dedicó una bonita sonrisa.
-Dios mío... Eres...- dijo Abel embobado.
-Soy..
-Eres hermosa- dijo Abel volviendo a la realidad.
Cyrene se sonrojó.
-¿Crees que podría existir algo entre un humano y un hada?- preguntó esta.
-¿Algo como qué?
-Algo más allá de la amistad, algo bonito- Abel rió sonrojado.
-¿Por qué no?- acercó su cara a la de Cyrene, ella respiraba costosamente y la sujetó de las manos.
Ella se congeló, no reaccionaba, no se lo podía creer. Se soltó de Abel y se alejó unos pasos hacia atrás, seguía perpleja, alucinada.
-Me tengo que ir- dijo casi tartamudeando.
-¿Por qué?- preguntó, aunque Cyrene hubiera salido de escena hacia unos segundos.
Se levantó, estaba cansado de aquello.
-¡Joder!- gritó propinándole una patada a una piedra y mandándola unos diez metros hacia delante.
Miró el reloj, las cuatro y media, el tiempo había volado... Volado, como Cyrene. Volvió a casa y se encerró en su cuarto, encendió el aparato de música y conectó todos los altavoces que tenía en su cuarto, unos seis. Puso el volumen tan alto, que las paredes retumaban y todos, absolutamente todos los muebles de la habitación vibraban, como mínimo. Lo último que quería hacer ahora era pensar, arrimó la cama a la pared, empezó a cambiar los muebles de sitio, la cama en la esquina al lado de la cama, el baúl a los pies de la cama, el escritorio con el ordenador al lado de otro enchufe junto a la ventana, incluso movió el armario. Después saco toda la ropa y empezó a ordenarla, cosa que nunca hacía, tiró montones de ropa que nunca usaba, se quedó con unas cuantas camisetas y cuatro pantalones, y lo volvió a guardar todo. Cuando se dio cuenta, había ordenado la habitación de tal manera, que había un gran hueco vacío en el que se puso a bailar, cuando se cansó empezó a saltar, y cuando no pudo más decidió parar. Miró el reloj, las seis y media.
-Mierda- dijo en voz alta.
Se metió en la ducha, estuvo bajo los chorros de agua que salían de la alcachofa una media hora. Salió y se amarró una toalla a la cintura. Se sacudió el pelo con las dos manos y volvió a su cuarto. Cambió el CD de música por uno más tranquilo y relajado, encendió el ordenador y conectó el msn. Mucha gente conectada, pero nadie le hablaba, como siempre. Simplemente le querían para tener un contacto más. Apagó el msn y se tumbó en un puf que tenía allí. Cogió el cuaderno y un boli y empezó a escribir.
...
Pasaron algunas semanas. Abel seguía sin tener noticias de Cyrene y cada vez tenía menos esperanzas de volver a verla. Decidió salir de su casa a dar un paseo, cogió las llaves de la moto y salió. Hacía unos cuantos de días que no la usaba, metió la llave, arrancó, le dió un empujón con el pie al patacabra, se puso el casco, hizo gruñir al motor y salió a la carretera. Cuando llevaba casi un kilómetro recorrido, empezó a sentir mucha calor. Abrió el cristal del casco que protege los ojos y disminuyó la velocidad. Sentía como la brisa entraba por los huecos que sobraban en el casco y le revolvían el pelo. Bajó un poco más la velocidad, se desabrochó la chaqueta de cuero y se quitó el casco. Ahora sí, ahora sentía como el aire lo rozaba, escuchaba el sonido del viento al chocar con el. Aparcó la moto en el arcén, le puso el patacabra y bajó. Se introdujo en el bosque, y se sentó en una piedra. No escuchó ningún ruido, ningún cascabel tintineando, pero sabía que ella estaba allí.
-¡Qué de tiempo!- dijo Abel con ironía, estaba enfadado.
-...
-Seguimos igual- continuó.
-No, ya no. Has cambiado- susurró Cyrene.
-No sé qué quieres decir...
-Cuando lo descubras, lo vas a entender. Y entonces te darás cuenta de que no es igual, no igual que al principio. Ya no.
-¿Y qué he cambiado?
-Cuando me miras ya no se dibujan sonrisas en tus ojos.
-Pero te sonríen mis labios...- aventuró Abel.
-Pero ha dejado de sonreirme tu corazón.
Entonces Abel se dió cuenta de que ya se había ido, ya no estaba allí con él.
Cyrene volvió a la mansión, estaba triste, ya no destelleaba como antes.
''Ya puedes venir a hablar conmigo'' escuchó dentro de su cabeza la voz de Aileen.
A los cinco minutos, ya se había reunido con ella. Estaban en el despacho de Aileen, era espacioso, luminoso, pintado con colores claros, y sin muchos muebles, un escritorio, un sofá, un sillón y una chimenea. En las paredes había numerosos cuadros, pinturas de anteriores hadas madre.
-Siéntante cielo- le ordenó Aileen.
-Gracias- dijo Cyrene intentando dibujar una sonrisa.
-Sabes que no.
-¿Cómo?- preguntó Cyrene olvidando por un momento que ella podía leer las mentes.
-No puedo encargarte a otro humano, no en este caso cariño.
-Pero, por favor. No quiero incumplir las normas.
-Cyrene, eso no sería incumplir las normas. Incumplir las normas sería si, Abel, fuera un capricho para tí. Pero, ¿no es así verdad?
-Claro que no...- respondió a la vez que negaba con la cabeza.
-Además, Abel no es normal. Quiero decir, no es completamente humano, tienes que ayudarle.
Cyrene tenía la intención de seguir reprochándole, pero de nuevo la voz de Aileen en su cabeza la hizo callar.
''Puedes irte''
Pilló la indirecta y se fue de allí. Deambuló hasta la residencia de Admes, aún estaban reunidos. Esperó fuera de la habitación un rato, podía leerles la mente, pero esa no era su intención. Sólo pretendía no pensar en él. Cada vez que su mente lo recordaba, un pinchazo en su estómago la ponía muy mal, triste.
Mientras pensaba en todo Admes salió el primero de allí enfadado, estaba muy furioso. Abrió la puerta con fuerza y, sin ver a Cyrene, caminó violentamente hacia algo.
-¡Admes!- gritó Cyrene.

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