Cyrene estaba sentada frente al tocador de madera blanca que estaba en su cuarto.
Abrió el cajón jalando de un tirador de marfil tallado formando rosas, blancas, su preferida. Sacó un cepillo del pelo de plata y se cepilló la larga melena rubia. Lo hace con mucho cuidado, sus movimientos son delicados como los de una hoja de papel al caer al suelo. Cuando terminó lo volvió a guardar en el cajón. Volvió a mirar su figura en el espejo y suspira. Propinaba un ligero golpe con el dedo en el aire y el rimel voló junto a ella, al igual que el colorete y el gloss. Ya estaba acostumbrada, de pequeña lo hacía sin pensar y siempre acababa dándose un buen susto.
''Ven ya'' escucha dentro de su cabeza.
No quiere ir, otro humano no. Su última experiencia no le fue muy bien, se aburría bastante con aquella chica que lo único que hacía era estar en el ordenador y escuchar música, para su gusto era un tanto engreída y orgullosa. Bajó ágilmente las escaleras de aquella mansión y se encontró con Aileen, la ninfa madre. Era la que se ocupaba de encargarle a cada ninfa o ''hadita'', como las llamaba ella, un humano, chico o chica. Cyrene no estaba allí sola, había más compañeras suyas que dormían en diferentes cuartos. Alala, era la más peleona de todas, pero era buena persona en el fondo; Althea, hermosa; Alysa, su compañera de habitación y su mejor amiga; Anastasia, muy inocente; y más compañeras. Aileen se situó en el centro del gran círculo que formaron las chicas, empezó a dar el típico discurso que da cada vez que les encomienda humanos.
Cyerene se fijó en el fondo de la gran estancia aquella, allí estaban todos los chicos. Eran como ellas, pero no exactamente igual, su misión no era llevar a la gente por el buen camino, era protegerlas, como si fueran unas especies de ángeles de la guarda. Saludó con discrección a Admes, era mayor que ella y por eso lo quería como a un hermano mayor. También saludó a Brontë, un chico muy guapo y que siempre estuvo detrás de Cyrene, aunque ella no lo quisiera. Había chicos nuevos, muchos nuevos. Pudo leer en sus mentes algunos nombres, Damen, Evan, Deo, Theron...
-Dadme vuestras manos haditas- ordenó Aileen.
Siempre hacían eso para que, mediante las manos, Aileen les diera la información necesaria sobre los humanos a los que protegerían. Llegó el turno de Cyrene, tendió la mano con delicadeza sobre las dos manos de Aileen. Instantaneamente, a su cabeza llegó la imagen de un chico rubio, sentado en su cama escuchando música. Este chico le dio la sensación de frialdad, tristeza, falta de cariño... Abrió los ojos y soltó las manos de Aileen.
-Cyrene, no va a ser un caso fácil, lo he visto. Es testarudo y poco persuasivo. Pero he pensado que la que mejor lo podría llevar eres tú. Se llama Abel, vive muy cerca de aquí, atravesando el bosque, en Rondiella, y tiene cierta cercanía a nosotros.
-Me lo he imaginado cuando he visto las imagenes- su voz era la más bonita de todas.
-Tu misión será hacerle descubrir otros horizontes, que tenga un objetivo en la vida. Pero que no descubra nada sobre nosotros, por lo menos hasta que yo te lo diga. ¿Está claro?- dijo mirando con cierto ''tilín'' a Cyrene.
-Clarísimo- respondió ruborizada y riendo.
Observó que los chicos aún no habían empezado a recibir a sus protegidos y voló al lado de Admes.
-¡Hola!- dijo dándole un beso en la mejilla -¿Nuevos?- dijo mirando a los que no conocía.
-Exacto- dijo devolviéndole el beso -Están recién salidos del horno- rió -Todos ellos vivían de forma humana hasta hace dos o tres meses. La verdad esque les ha costado habituarse, aunque haya alguno por allí que esté eufórico.
Cyrene intentó leerles las mentes.
-¿Theron?- le preguntó a Admes intentando responderse a sí misma. Admes negó.
-¿Evan?- volvió a negar. Esta vez se concentró un poquito más.
-Deo- y esta vez no preguntó, lo afirmó.
-Así es- dijo Admes riendo -Cambiando de tema Cyrene, Abel, ¿eh?
-Sí....- dijo suspirando Cyrene -creo que no me será fácil llevarlo por el buen camino.
Xeon, el padre de los ángeles de la guarda llegó. Inmediatamente Cyrene se fue del lado de Admes.
Volvió a su cuarto, cogió una bolsita en la que llevaba unos caramelos y se fue volando de allí. Subió tan alto como los pájaros, volaba a la par que ellos, cantándoles y jugando con ellos. Le habían dicho muchas veces que habría casos más fáciles y otros más difíciles, pero no imaginó nada como este. Un sonido la hipnotizó y lo hizo de tal manera que lo siguió hasta que encontró su origen en una casa. Cuando se dio cuenta había llegado a casa de Abel, se asomó a la ventana y no vio a nadie. Entró con delicadeza buscando cualquier cosa que le pudiera ayudar. Estuvo un rato tocando cada objeto de la habitación. Rendida, cayó en la cama y entonces tuvo una visión. Vio como Abel lloraba en la cama, como dibujaba, como escuchaba música. Se acordó entonces de aquella melodía que la atrajo y la volvió a escuchar. La llevó al jardín y observó que provenía de una cabaña vieja. Se asomó a una pequeña ventanita. Dentro de la casa todo estaba muy oscuro, la luz del día no entraba. Otro ligero golpecito en el aire y una nube se quitó del camino del sol y un rayo de luz entró por la ventana. Entonces pudo apreciar a Abel, era hermoso, parecía desdichado pero aún así era hermoso, tanto él como verlo tocar el piano. Aquella escena se le grabó en el corazón a Cyrene. Siempre sentía compasión por sus humanos, pero nunca tal como la que sentía ahora. Y esta venía acompañada de otro sentimiento, ¿ilusión? Estuvo contemplándolo un rato más, hasta que éste giró la cabeza, y la vió, pero ella fue rápida y corrió de allí...
~
Aquella cara que había visto a través de los cristales le sonaba muchísimo, era bella, muy bella y cuando dejó de verla, por un momento sintió añoranza, sintió que necesitaba ver aquella hermosura una vez más. La luz le molestaba, se frotó los ojos y paró de tocar. Se levantó furioso del sillín, jugó con su pelo alborotándolo y salió de aquel cuartillo. Fue a dar un paseo, con los cascos enchufados a los oídos. Pasó por al lado de alguno de sus compañeros de clase, no se llevaba bien con ellos y se rieron de él, sólo Marina lo saludó. Todo el mundo sabía que Marina estaba enamorada de ''el raro del instituto''. Abel también lo sabía, le dedicó una sonrisa y siguió andando para alante. Estuvo en el bosque, dando vueltas y más vueltas, sentándose y levantándose de viejos troncos de árbol corroídos por la humedad, el sol y el paso del tiempo. Se cansó de escuchar música y se sentó en un tronco de árbol que parecía perfectamente hecho para él. Reposó el torso sobre la parte del tronco que estaba más erguida, y los pies los puso sobre el tronco más bajo. Cerró los ojos y se puso a imaginar quién sería aquella figura que lo acechaba, se estaba quedando dormido cuando escuchó un tintineo. Miró hacia un lado y descubrió como una figura se escondía detrás de un árbol. Se quedó mirando hacia ese lado cuando escuchó el mismo tintineo detrás de él, giró bruscamente la cabeza en busca del origen de aquel sonido, estaba seguro de que era ella. Lo escuchaba por todos lados, entonces una imagen fugaz se acercó a él. Abel veía los movimientos de ella reflejados como en muchas fotografías. No entendía nada. Acabó huyendo de allí, olvidando los cascos y el mp4. Los echó de menos cuando llegó a su casa, pero no pensaba ir a aquel lugar en unos cuantos días. No tenía miedo de ella, al contrario, deseaba conocerla, pero a la vez, deseaba mantenerse al margen de todo aquello, le resultaba un tanto extraño. Campanitas, cosas inexplicables, una figura de una chica que sonríe al verle pero que huye... Era como.. Peterpan...
Cyrene volvió a su hogar, se encerró en su cuarto. Aquel chico la atraía de una manera especial, nada comparado a nadie, y esa distracción había estado a punto de costarle el cargo. Sentía como algo que nunca había experimentado afloraba dentro de ella. En algunos momentos deseaba poder leerle la mente a los humanos. Alguien golpeó la puerta.
-Adelante- alzó la voz -Althea, pasa. ¿Qué tal?
-Gracias cariño, sólo venía a preguntarte por tu primer día con Abel, ¿qué tal te ha ido?
-Buf, tía por poco no me dejo descubrir, hay algo que me atrae a él como si fuera un imán. Así...- dijo agarrándola de la camisa y apretandola contra ella mientras le hacía cosquillas, rieron.
-Jajaja, ¡Cyrene para! Qué mala eres, te lo digo en serio.
-Y yo también- respondió Cyrene desviando la mirada -No sé que me pasa.
-Pide un traspaso- inquirió Althea.
-¡NO!- se quejó Cyrene -no puedo. Sentía como si algo lo uniera a él e, indiscutiblemente, no lo podía romper.

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