Ninguno de los dos pegó ojo aquella noche, estaban demasiado nerviosos.
Se distraían con cualquier mínimo ruido que les alejara a uno del otro. Aún así pasaron toda la noche pensándose.
Cuando llegó una hora razonable para despertarse, Cyrene bajó al salón, la mesa ya estaba puesta y el desayuno también. Había bollos de chocolate, bollos de crema, bollos normales, galletas, dulces, tostadas, mermelada, mantequilla, leche caliente, leche fría, chocolate caliente, café. Un olor embriagador ocupaba cada centímetro del salón, un olor dulce que se podía degustar con sólo sacar la lengua.
Cyrene pasó la mano por la cabeza de sus compañeras que ya estaban sentadas en su sitio, como hacía siempre, hasta ocupar el suyo. Delicadamente levantó la silla y se sentó, la arrimó a la mesa y se echó sobre la espalda del asiento. No le apetecía comer
-Cyrene, ¿no desayunas nada
-No me apetece, gracias Alala- Alala frunció el ceño.
Dio un pequeño golpe al aire y un esponjoso bollo de crema se posó sobre el plato de Cyrene. Seguidamente una taza se elevó en el aire, y la tetera donde estaba la leche la llenó. Humeante, voló hacia el lado derecho del plato.
A Cyrene le esperaba una mañana muy larga.
La mañana para Abel tampoco fue fácil. Se despertó con un gran dolor de cabeza por la falta de sueño. Cuando se levantó de la cama se dirigió hacia su escritorio azul marino, y en un cuaderno que estaba abierto escribió en grande, ''Un sentimiento que solo sientes cuando estás con ella''.
Cerró bruscamente el cuaderno y se fue a la cocina. Cogió un bol de la estantería, fue a la nevera a coger la leche y leyó un posit amarillo que decía:
''Abel, no nos esperes despierto, no estaremos para cenar. A lo mejor dormimos en casa de Miren y Cristian. Mamá''.
Abrió la nevera y cogió la leche. La derramó en el bol y lo mezclo con cereales de chocolate, se lo comió rápido y se encerró en su habitación. Sentado en el mirador de la ventana, observava la calle y dibujaba algo que no sabía que era. Escuchó unas campanillas, esta vez decidió no echarle cuenta. Sonaron dos o tres veces más. Decidido, optó por esperar a ver que sucedía y darle por fin una respuesta al secreto que escondía desde hacía tanto tiempo. Dejó el cuaderno, aún sin saber lo que había dibujado, en el cojín del mirador. Se sentó en la cama y esperó riendo. Volvió a escuchar las campanillas y una risita.
-Venga, si quieres me tapo los ojos y no te miro- se tapó los ojos y los cerró.
Escuchó como las campanillas se acercaban a él, sentía una respiración en sus manos y las quitó de su cara. Se quedó maravillado de la increible belleza de aquel ser. Hermosa, era hermosa. Los reflejos de Cyrene eran bastante buenos y cuando pudo reaccionar se escondió detrás de la columna.
-¡No, no, no!- gritó ella mientras volaba hasta la ventana.
-¡Espera!- dijo Abel mientras la agarraba por el brazo.
Al tocarse, un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos. Por un instante, los ojos grises azulados de Abel y los verde esmeralda de Cyrene se quedaron mirandose fijamente.
-Esto no debería estar pasando...- murmuró la ninfa.
-Espera, por favor.
Cyrene le dedicó una última mirada a Abel, desplegó las alas y voló hacia el cielo.Abel se quedó un rato en la misma postura, intentando recordar el tibio olor de aquel hada, no quería olvidarlo.Aquello que sentían era mutuo pero, ¿podían sentir eso por alguien con el que solo habían compartido un par de palabras y unas cuantas de miradas? ¿Podía existir eso entre un hada y un humano? Abel se vistió lo más rápido que pudo, fue al bosque corriendo, al lugar exacto en que encontró a Cyrene el día anterior. Ella aguardaba silenciosa en un árbol, observando sus movimientos. Él la sentía, sentía que estaba allí pero no la veía.
-Por favor...- dijo Abel casi entre sollozos -Habla conmigo, necesito saber quién eres... Creo que, creo que te...
Un delicado y templado dedo en sus labios hizo que se callara, ella estaba delante de él. Cuando Cyrene se aseguró de que no abriría la boca se alejó un poco de él, a la velocidad del rayo. Se apoyó en un tronco y así, mirándose fijamente, como tontos, pasaron quince minutos.
-Dime quien eres- se atrevió a pronunciar Abel.
-Una idiota...
-¿Por qué?
-¿Qué por qué? ¿Estás loco? Se supone que debo llevarte por ''el buen camino'' sin que me descubras. Lo has hecho, y ahora encima...- suspiró.
-Ahora encima...
-Ahora encima tengo que explicarte qué soy- mintió sécamente Cyrene.
-Hombre... Me ayudarías- dijo sorprendido Abel.
-No me creerías.
-Después de lo que he visto, creería cualquier cosa que viniera de tí.
-¿Creerías que soy un hada?
-Lo creería- afirmó Abel.
Cyrene movió desesperadamente la cabeza, negando. Voló y se sentó en la rama de un árbol. Suspiró.
-Soy Cyrene. Un hada, como ya sabes- dijo alzando una ceja -Y tú eres... Bueno, tú eres Abel. Y yo debo llevarte por el buen camino, por decirlo así.
-¿Qué significa eso?
-No lo sé.

No hay comentarios:
Publicar un comentario