¿Cuántos años
podrían llevar ya levantándose cada mañana juntos?
Muchos. Y él seguía
despertándose antes que ella, y siempre siempre se quedaba mirándola hasta que
ella abría los ojos y le sonreía. Procuraba disfrutar de ella cada milésima de
segundo, aunque estuviesen separados. Le gustaba que lo primero que hiciese al
despertar fuese descubrir su olor por toda la cama, entre las sábanas,
escondido bajo la almohada. Le gustaba verla dormir, porque sabía Dios qué se
le pasaba por la mente en ese momento. Era alucinante. Ella era alucinante. Le
gustaba verla bostezar mientras se frotaba los ojos y que luego los labios se
le quedasen secos y pálidos, y que cuando empezaba a sonreír comenzaban a
recobrar su color rosado. Era una sonrisa espectacular. Él dudó desde la
primera mañana que hubiese otra persona en el mundo capaz de sonreír tanto
recién levantado.
Desde el primer
momento en que se miraban al despertar, sabían perfectamente cuánto valía lo
que tenían delante. Jamás desperdiciaron un minuto de su vida. Sabían que en el
preciso instante en el que se perdiesen, perderían sus razones, sus motivos y
sus ganas de vivir

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