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13/3/11

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Nunca imaginé que tuviera tantísima razón.

Solía decirme que no había nada más hermoso que ver a una mujer bonita arreglarse. tenía razón.

Recuerdo cómo nos quedábamos en la puerta de su dormitorio, mirándola y observando como se preparaba. Era realmente guapa.
Mientras la contemplábamos él me contaba cosas de ella, de cómo la conoció y de por qué se enamoró de aquella mujer.
Era pequeña, pero aun así lo recuerdo como si fuera ayer.

Recuerdo como salía de la ducha, con los rizos envueltos en una toalla blanca, y con una bata de seda blanca. Recuerdo que se sentaba delante del mostrador, se miraba y sonreía. Y la tiranta de la bata se le caía de uno de los hombros, y aún sonriendo, la recogía y la colocaba. Y la bata le hacía caso, porque no se volvía a mover.
Entonces se masajeaba suavemente la cabeza, con la toalla, para secarla y la retiraba. Tenía el pelo muy bonito, y suave. Se desenredaba los pequeños rizos que le comenzaban a salir, para que cuando se hubieran secado del todo, se transformaran en grandes caracoles color chocolate. Se hacía la raya en medio de la cabeza y lo dejaba así, suelto y a su libre albeldrío.
Ahora sacaba del cajón esa pequeña cajita azul celeste y la abría, y comenzaba a embadurnarse en crema, aquella crema que olía a rosas. Dejaba que la bata callera y se quedara sobre el respaldo de la silla, y podíamos ver su silueta desnuda, perfectamente formada.
Sacaba del otro cajón un bote de colonia, y lo apretaba suavemente a cada lado del cuello. Si teníamos suerte, alguna gota resbalaba por su espalda, y ella volvía a sonreír porque le hacía cosquillas.
Abría un pequeño cofre y sacaba dos pendientes, preciosos. Dos perlas blancas con brillantes a su alrededor, y se los colocaba.
Se volvía a poner la bata y sacaba un lápiz negro de ojos, y se hacía una fina raya encima de las pestañas, y dejaba que terminaran en un ligero rabillo. Cubría las pestañas con rimel. Ahora llegaba mi parte favorita. Cogía una especie de esponja de pelitos, la metía delicadamente en unos polvos, lo soplaba y se daba pequeños toquecitos en la cara y en e cuello. Cuando se veía lo suficientemente guapa, se pintaba los labios de aquel color rojo tan intenso y que tanto me recuerda a ella.
Ese día no se vistió muy elegante. Fuimos al hospital, ella era la mujer más guapa que había allí y en quince kilómetros a la redonda.
Ese día salió de la consulta más seria de lo normal, incluso diría que con los ojos llorosos.
Ese día volvimos a casa y ella se encerró en su cuarto, con mi padre, y no salió.
Ese día fue el último que la ví tan esmerada al salir de la ducha.
Desde ese día ella no ha vuelto a sonreír.

Ahora la miro, sale de la ducha, con los pocos pelos que tiene sueltos, y enredados. Se limita a sujetarlos con una goma y no se hunta crema. Ahora al quitarse la bata no se ven unas preciosas curvas, ahora veo las marcas de las costillas y de los omoplatos. Ahora no corre una gota de colonia por su espalda, ahora corren dos gotas saladas por sus ojos. Ya no se maquilla, ya no se pinta los labios. Ya no se pone pendientes. Ya no sonríe.

Ahora no se ve mujer, he escuchado como se lo dice a mi padre. Ahora se siente vacía. Dice que está triste, que no está preparada. Que nos echará de menos. Que cuide de mí cuando ella no esté. ¿CÓMO QUE CUANDO NO ESTÉS? Que sea fuerte, que me haga fuerte. Que no permitirá que lloremos. Que me dé cariño y amor. Quiero que tú me des cariño y amor.
Que no se ponga triste, que no la eche de menos. Que haga su vida de nuevo. Que no me trate mal y que me mime. Que me dé todo el amor del mundo, todo ese amor que ella no me dará.
¿Por qué?

Ahora vamos al hospital. A verla. El médico nos ha llamado. Papá está serio. Creo que papá llora. El médico nos ha llamado en mitad de la noche.
Entramos en la habitación y lo que hace unos meses era una mujer preciosa, ahora es un saco de huesos. Papá entra. La besa y le dice que la ama. Me acerca a ella y me besa. La abrazo. Con todas mis ganas pero con cuidado, no la quiero romper. Ella me besa muchas veces más, y me dice que me quiere. Que no llore.
Papá me abraza y aquel ordenador negro empezó a pitar. Cierra los ojos. Papá llora. Ella se va.

Me acerco a ella corriendo, de nuevo. Esquivo a los médicos y a las enfermeras. La beso en la frente y le digo.
-Seguirás siendo guapa, mamá.

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